Tu piano está desafinado por diseño. Y eso es genial.
Si tocas un Do en el piano y luego el Sol que está una quinta arriba, y luego el Re, y continúas apilando quintas doce veces hasta volver al Do de partida, deberías llegar exactamente al mismo punto. En teoría.
En la práctica, no llegas. Llegas a un punto ligeramente más agudo. La diferencia es de apenas 23,46 centésimas de semitono, una discrepancia que los matemáticos llaman coma pitagórica. No es un error de cálculo. Es una propiedad fundamental de la física del sonido: las matemáticas de las frecuencias y las matemáticas de la escala cromática son estructuralmente incompatibles.
Esto significa que cualquier instrumento de afinación fija —el piano, la guitarra con trastes, el xilófono— tiene que mentir. Tiene que distribuir esa discrepancia de alguna manera entre todas sus notas. La pregunta es: ¿cómo?
Durante cuatrocientos años, esa pregunta fue una de las más importantes y acaloradamente debatidas en la historia de la música.
En el temperamento mesotónico, el sistema más común durante los siglos XV y XVI, los intervalos de tercera sonaban hermosos y "puros" en las tonalidades más usadas. Do mayor, Sol mayor, Re mayor: bellísimas. Pero si intentabas tocar en Mi♭ mayor o La♭ mayor, el resultado era lo que los organistas de la época llamaban literalmente "el lobo": un intervalo tan disonante que sonaba a un aullido.
Esto no era un problema teórico. Era un problema práctico urgente. Los compositores del Barroco tardío querían explorar tonalidades remotas. Querían modular, sorprender, crear tensión armónica. Y el sistema no se los permitía.
Johann Sebastian Bach compuso el Clave Bien Temperado —dos preludios y fugas en cada una de las 24 tonalidades mayores y menores— precisamente para demostrar que su sistema de afinación preferido hacía todas las tonalidades musicalmente viables. No "iguales". Viables. Cada una con su propio sabor y carácter.
El temperamento igual no fue una invención repentina. Andreas Werckmeister lo describió matemáticamente en 1691. Pero su adopción universal tardó más de un siglo. Los músicos del Barroco y el Clasicismo resistieron: en el temperamento igual, todas las tonalidades son idénticas, y eso significaba perder el color diferenciado que hacía que Re menor sonara diferente a La menor, que Fa mayor tuviera una luminosidad distinta a Sol mayor.
¿Qué te llevó a elegirlo? La industrialización. Con la producción masiva de pianos y órganos en el siglo XIX, afinar cada instrumento individualmente en un temperamento histórico específico se volvió económica y logísticamente imposible. El temperamento igual era el único sistema que podía estandarizarse globalmente.
"El temperamento igual convirtió la música en una lengua franca. Todo el mundo puede hablarla. Nadie la habla perfectamente."
La ironía es enorme: el sistema que hoy domina absolutamente toda la música occidental —pop, jazz, clásico, metal, electrónica— es un sistema de compromisos. No existe un solo intervalo perfectamente consonante en el piano. Cada quinto, cada tercera, cada octava está ligeramente desafinada respecto a su ideal físico. Tan ligeramente que no lo percibimos como problema. Pero ahí está.
La música microtonal existe precisamente como respuesta a esta estandarización. Compositores como Harry Partch, que construyó sus propios instrumentos para usar 43 notas por octava, o el guitarrista Trey Gunn con sus quintas de cuarto de tono, exploran los espacios entre las doce notas del temperamento igual.
La música árabe, india, turca y muchas tradiciones africanas utilizan intervalos que no existen en el sistema occidental. El maqam árabe, el raga hindú: sistemas tonales completos con sus propias leyes de consonancia y disonancia, ajenos a la tiranía del semitono igual.
Esto no quiere decir que el temperamento igual sea malo. Es uno de los inventos más útiles de la historia de la música. Pero saber que existe —que es una decisión humana, histórica y culturalmente contingente, no una ley de la naturaleza— cambia cómo escuchas. Cambia lo que es posible imaginar.
La próxima vez que escuches un cello o un violín tocando en una orquesta, presta atención: son instrumentos sin trastes, con afinación flexible. Los buenos intérpretes ajustan microtonalmente en tiempo real. Están haciendo lo que el piano no puede: acercarse a los intervalos puros que la física del sonido preferiría.
La historia completa de cómo llegamos al sistema cromático —desde Pitágoras hasta la adopción del temperamento igual— está desarrollada en detalle en el capítulo 01 de Historia de la Música.
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