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Compositores · Barroco

Georg Friedrich
Händel

1685 — 1759

El coloso del espectáculo sonoro

Bach y Handel nacieron el mismo año, a 120 kilómetros de distancia, en el mismo mundo protestante alemán, y jamás se conocieron. Sin embargo no podían ser más distintos: Bach el artesano introspectivo que nunca salió de Alemania, Handel el empresario cosmopolita que conquistó Londres e inventó una nueva clase de celebridad musical.

De Halle
al centro del Imperio

Georg Friedrich Handel nació el 23 de febrero de 1685 en Halle, una ciudad de Sajonia que hoy es conocida principalmente por ser la ciudad natal de Handel. Su padre, Georg Handel, era cirujano-barbero de la corte —como el de Vivaldi, la coincidencia es llamativa— y tenía la firme convicción de que la música era un adorno inútil para un hombre de provecho. Quería que su hijo estudiara Derecho. La leyenda, probablemente verdadera en su esencia, dice que un niño de siete u ocho años fue llevado a la corte del Duque de Sajonia-Weissenfels a visitar a su padre, y que el Duque escuchó tocar al niño de manera casual y le dijo a Georg padre que un talento así no podía desperdiciarse. El padre cedió. La historia de la música occidental tiene una deuda con ese Duque que nunca ha sido completamente saldada.

Handel estudió música en Halle con Friedrich Wilhelm Zachow, organista de la iglesia del mercado, y aprendió todo lo que Zachow podía enseñarle en poco tiempo. A los diecisiete años se inscribió en la Universidad de Halle para estudiar Derecho —un compromiso tardío con los deseos paternos— pero lo abandonó al cabo de un año para irse a Hamburgo, entonces el centro de la ópera alemana. En Hamburgo tocó el violín y el clavicémbalo en la orquesta del teatro y comenzó a componer óperas. También se hizo amigo —y luego rival— de Johann Mattheson, un músico inteligente y combativo que sería su primer gran antagonista.

En 1706, a los veintiún años, partió hacia Italia. Cuatro años en Roma, Florencia, Nápoles y Venecia lo transformaron: absorbió el estilo italiano de ópera con una velocidad y una profundidad que dejaron perplejos a los italianos que lo escuchaban. Su ópera Agrippina, estrenada en Venecia en 1709, fue un éxito inmediato y lo estableció como un nombre a seguir. En Roma conoció a Corelli y a los hermanos Scarlatti; Domenico Scarlatti y él improvisaron en un concurso al clave que terminó en empate.

Londres desde 1711 fue su hogar definitivo, aunque tardó años en reconocerlo así. Su ópera Rinaldo, estrenada en el Queen's Theatre ese año, fue una sensación. La aristocracia inglesa amaba la ópera italiana —la moda más cara y más extravagante de la época— y Handel la suministraba con una generosidad que nadie podía igualar. En 1727 se naturalizó británico, anglizando su nombre a «George Frideric Handel», y compuso los cuatro Coronation Anthems para la coronación de Jorge II —piezas que se siguen tocando en las coronaciones inglesas hasta el día de hoy.

La década de 1730 fue de una turbulencia extraordinaria. La guerra de las compañías de ópera —su Royal Academy contra la rival Opera of the Nobility, apoyada por el Príncipe de Gales contra el rey— agotó sus recursos y su salud. En 1737 sufrió un derrame cerebral que paralizó temporalmente su mano derecha y, según los testimonios, nubló su juicio. Fue a Aix-la-Chapelle, tomó baños de agua caliente casi milagrosos, y se recuperó con una rapidez que los médicos del lugar atribuyeron a la intervención divina. Él volvió a Londres y compuso Saúl.

La recuperación de la quiebra operística la encontró en el oratorio en inglés. Messiah, compuesto en veinticuatro días en el agosto de 1741 y estrenado en Dublín en abril de 1742, fue el punto de inflexión. El público londinense tardó un año más en adoptarlo, pero una vez que lo hizo, no hubo vuelta atrás: el oratorio en inglés se convirtió en el género más popular de la música seria en Gran Bretaña durante un siglo. Handel compuso veinte oratorios más en los años siguientes.

Sus últimos años estuvieron marcados por la ceguera progresiva —operado también por el infame John Taylor, el mismo que cegó a Bach— y por la continuación de sus actividades musicales con una energía que desafiaba la edad y la enfermedad. Dirigió Messiah en Covent Garden el 6 de abril de 1759, ocho días antes de morir, desde el puesto del organista, ciego, guiando a los cantantes y la orquesta por memoria y por costumbre. Murió el 14 de abril de 1759, un Sábado Santo, a los setenta y cuatro años. Está enterrado en la Abadía de Westminster, bajo una estatua que lo representa con la partitura del aria «I know that my Redeemer liveth» abierta en las manos.

La ópera italiana
y la clase media protestante

Londres en la primera mitad del siglo XVIII era la ciudad más rica y más dinámica de Europa. La Revolución Gloriosa de 1688 había establecido una monarquía constitucional y una aristocracia que competía en la ostentación cultural como en cualquier otra forma de distinción. La ópera italiana —el arte más caro, más artificioso y más prestigioso de la época— era el espectáculo preferido de esa aristocracia. Contratar a los mejores castrati de Italia, comisionar óperas a los compositores más de moda, batallar en los palcos del teatro sobre las preferencias artísticas: todo eso era parte del juego social de las clases altas inglesas.

Handel fue el gran suministrador de esa demanda durante décadas. Su habilidad para escribir arias para los mejores cantantes del momento —Senesino, Cuzzoni, Farinelli— era sin par. Pero el modelo era frágil: dependía de financiamiento aristocrático, de la disponibilidad de cantantes italianos caros, de una moda que podía cambiar. Cuando la Opera of the Nobility —formada por sus enemigos con el apoyo del Príncipe de Gales— le quitó a sus mejores cantantes y compitió directamente con él, las dos compañías se arruinaron mutuamente. La ópera italiana en Londres quebró en 1737.

La genialidad de Handel no fue solo artística sino empresarial: cuando la aristocracia dejó de pagar por la ópera, él inventó el oratorio en inglés para la clase media protestante. Fue el primer compositor en la historia en reinventarse con ese éxito después de una quiebra total.

El oratorio en inglés que Handel construyó en los años 1740 era radicalmente diferente de la ópera italiana que había dominado su carrera anterior: textos en inglés, basados en el Antiguo Testamento, para un público que podía identificarse con los héroes israelitas como metáfora de la nación inglesa. Sin escenario, sin vestuario, sin el artificio visual de la ópera: solo voces, coro y orquesta. Era también significativamente más barato de producir. El público de la nueva clase media urbana —comerciantes, profesionales, no-conformistas protestantes que consideraban el teatro pecaminoso pero el concierto respetable— encontró en los oratorios de Handel su entretenimiento musical preferido.

La dimensión política de ese cambio no es menor. Los oratorios de Handel —Israel en Egipto, Judas Macabeo, Saúl— hablan de pueblos elegidos que triunfan sobre sus enemigos. En el contexto inglés de guerras continentales y expansión imperial, esa música sonaba como un espejo lisonjero. Que Handel, un alemán naturalizado, supiera exactamente qué música quería escuchar el público inglés habla tanto de su inteligencia como de su falta de prejuicios identitarios.

El hombre
que lo hizo todo

El catálogo de Handel —sistematizado en el HWV, Händel-Werke-Verzeichnis— incluye más de 600 obras. La variedad es tan grande como la cantidad: óperas italianas de una teatralidad deslumbrante, oratorios en inglés de una grandiosidad sin rival, música orquestal de ocasión de una brillantez festiva, música de cámara íntima, y un corpus de conciertos para órgano que él mismo improvisaba en los intervalos de sus oratorios.

Óperas
Rinaldo (HWV 7, 1711)
La primera ópera que compuso para Londres y un éxito inmediato. La producción original tenía pájáros vivos soltados en escena y una máquina de nieve artificial. La música incluye el aria «Lascia ch'io pianga», una de sus melodías más puras e imperecederas, que había usado antes en otro contexto y que reutilizó aquí con perfecta naturalidad.
Giulio Cesare (HWV 17, 1724)
Su ópera más teatralmente viva y la más representada en la actualidad. Las escenas de Cleopatra —compuestas para la soprano Cuzzoni— tienen una variedad de caracteres que va de la seducción calculada a la desesperación genuina. «V'adoro, pupille», el aria de seducción, es Handel en su cúspide sensual.
Alcina (HWV 34, 1735)
Su última gran ópera italiana y, para muchos especialistas, la más perfecta dramáticamente. La hechicera Alcina que pierde sus poderes —y con ellos su capacidad de amar— tiene en el aria «Ah! mio cor» un momento de abandono emocional que la ópera barroca raramente alcanza.
Orlando (HWV 31, 1733)
La ópera más psicológicamente arriesgada de su catálogo: la locura de Orlando se representa con una música que literalmente sale de los esquemas formales del aria da capo —metro cambiante, tonalidad inestable, estructura que se deshace. Es el antecedente más obvio de las escenas de locura del siglo XIX.
Oratorios
Messiah (HWV 56, 1741)
La obra coral más interpretada en la historia de la música. Dividido en tres partes —la profecía y el nacimiento, la pasión y la redención, la resurrección y el triunfo final—, su variedad es enorme: desde el austero «He was despised» hasta el coro «Hallelujah» que ha hecho famosa la palabra «Hallelujah» en culturas que jamás habían oído el término antes.
Israel in Egypt (HWV 54, 1739)
El oratorio más coralmente audaz de Handel: los coros de las plagas de Egipto —ranas, moscas, oscuridad, granizo— son ejercicios de pintura orquestal de una imaginación que no tiene equivalente en el Barroco. Menos melódicamente accesible que el Messiah, es artísticamente más ambicioso.
Saúl (HWV 53, 1739)
Su primer oratorio verdaderamente dramático: la historia del rey Saúl consumido por los celos hacia David tiene una profundidad psicológica que las óperas italianas del período raramente alcanzan. La «Marcha fúnebre» (Dead March) del tercer acto se ha usado en funerales reales y militares durante siglos.
Judas Maccabaeus (HWV 63, 1746)
El más patriótico de sus oratorios, compuesto para celebrar la victoria inglesa en la batalla de Culloden. El coro «See, the Conqu'ring Hero Comes» se convirtió casi en un himno de estado y ha sido adaptado en infinidad de contextos —incluido el famoso final de la Quinta Sinfonía de Beethoven.
Música orquestal y de ocasión
Water Music (HWV 348–350, 1717)
Tres suites compuestas para un concierto fluvial en el Támesis, con el rey Jorge I en la barca real. Dieciséis músicos tocando en una barcaza que seguía a la del rey. La música tuvo que proyectarse sobre el agua y el ruido de los remos. Es festiva, brillante, perfectamente calibrada para el exterior.
Music for the Royal Fireworks (HWV 351, 1749)
Compuesta para el espectáculo de fuegos artificiales que celebró la paz de Aix-la-Chapelle. El rey quería música solo de viento y percusión —sin cuerdas, para que sonara marcial al aire libre. Handel agregó las cuerdas en el estreno de concierto. La versión original de viento es más rara y más dramática.
Concerti Grossi Op. 6 (HWV 319–330, 1739)
Doce concerti grossi compuestos en un mes, publicados por suscripción y dedicados «a los aficionados a la música». Son la cumbre del género: más elaborados que Corelli, más variados que Vivaldi, con movimientos lentos de una profundidad que sus oratorios contemporáneos comparten.

El coloso
y sus batallas

El duelo con Mattheson

En el invierno de 1704, Handel y Johann Mattheson —colega, amigo y rival en la orquesta del teatro de Hamburgo— tuvieron una disputa sobre quién debía dirigir una representación durante un descanso en la ópera. La discusión escaló. Sacaron las espadas en la plaza del mercado, delante de un público que no había pagado entrada para ese espectáculo. La espada de Mattheson se rompió —según la versión más conocida— al golpear contra un botón de metal del abrigo de Handel. Si el botón no hubiera estado ahí, la historia de la música occidental habría tomado una dirección diferente. Se reconciliaron ese mismo día. Mattheson escribió sobre el incidente en sus memorias con una mezcla de vergüenza, diversión y orgullo que dice mucho sobre el ambiente de la vida musical hamburgesa del siglo XVIII.

Veinticuatro días para el Messiah

Handel comenzó a componer el Messiah el 22 de agosto de 1741. Lo terminó el 14 de septiembre. Veinticuatro días para una obra de dos horas y media de duración. La historia —que su sirvienta lo encontró llorando sobre la partitura del coro «Hallelujah» con las palabras «Creo que he visto a todos los cielos abiertos ante mí y al mismo Dios»— es casi con seguridad una elaboración posterior. Pero la velocidad de composición es un hecho documentado. Lo que nadie ha podido explicar del todo es cómo una obra compuesta en ese plazo tiene la arquitectura y la coherencia que tiene: como si hubiera estado en su cabeza completa antes de que la pluma tocara el papel.

El rey que se puso de pie

El estreno londinense del Messiah fue en Covent Garden en marzo de 1743. Según los testimonios contemporáneos, cuando comenzó el coro «Hallelujah» el rey Jorge II se puso de pie. El público, por protocolo, lo siguió. Nadie sabe con certeza por qué lo hizo: algunos dicen que se emocionó tanto que se levantó instintivamente, otros sugieren que se quedó dormido y se sobresaltó con la música. Fuera cual fuera la razón, la tradición se instaló: en Gran Bretaña y en los países con tradición anglófona, el público se sigue poniendo de pie durante el coro «Hallelujah». Es quizás el único ritual musical que un monarca creó accidentalmente y que sobrevivió casi tres siglos.

La recuperación milagrosa

El derrame cerebral de 1737 fue un golpe del que sus contemporáneos no esperaban que se recuperara. Handel tenía cincuenta y dos años, la mano derecha paralizada, y los testimonios hablan de un estado de confusión mental que iba más allá del daño físico. Fue a Aix-la-Chapelle —el balneario que conocemos como Aachen— y se metió en los baños termales durante días, sin importarle las advertencias médicas sobre el exceso. La recuperación fue tan rápida y tan completa que el prior de los franciscanos locales declaró que había sido un milagro. Handel, que no era particularmente piadoso en el sentido institucional, volvió a Londres y en cuestión de meses compuso Saúl, uno de sus trabajos más complejos. Sea milagro o mineralogía, el resultado fue el mismo.

El testamento y el Hospital de los Expósitos

Handel fue un hombre generoso de maneras concretas. Donó regularmente a la obra de beneficencia del Hospital de los Expósitos de Londres —el orfanato fundado por el capitán Thomas Coram para los niños abandonados en las calles—, y en 1750 donó una partitura completa del Messiah para que el hospital pudiera ejecutarlo anualmente en beneficio propio. La tradición continuó después de su muerte y recaudó fondos para el hospital durante décadas. En su testamento dejó legados a múltiples personas —su sirvienta, sus copyists, los músicos de la orquesta—, con una atención al detalle que sugiere que había pasado tiempo pensando en quién dependía de él. El hospital recibió, entre otras cosas, el órgano del que había tocado durante tantos años.

El inventor
de la música pública

01
El oratorio en inglés como género de masas. Handel inventó para el público anglófono una forma de escuchar música seria que no requería escenario, vestuario ni las convenciones sociales de la ópera. El oratorio podía presentarse en teatros, salas de conciertos, catedrales. Era accesible, edificante y dramáticamente emocionante. El modelo que creó sobrevivió más de un siglo como la forma musical pública más importante de Gran Bretaña.
02
El Messiah como obra coral universal. Es la obra coral más ejecutada de la historia de la música y también, paradójicamente, la más secuestrada por el uso y la repetición. Pero la razón por la que sobrevivió y se universalizó es musical: la variedad de estilos dentro de un solo oratorio —coro polifónico, aria da capo, recitativo dramático, coro homofónico— es un recorrido completo por las posibilidades de la música vocal.
03
La música de ocasión pública como arte elevado. La Water Music y los Music for the Royal Fireworks demostraron que la música funcional —compuesta para un evento específico, ejecutada al aire libre, para un público no especializado— podía alcanzar una calidad artística sin comprometer ni su funcionalidad ni su artesanía. Son el modelo de toda la música de celebración que vino después.
04
Las arias de ópera como modelo de expresión vocal. Las arias de Giulio Cesare, Alcina y Orlando son el estudio de lo que la voz humana puede hacer dramáticamente dentro de una forma musical estricta. Mozart estudió a Handel. Los grandes compositores de ópera del siglo XIX —especialmente Meyerbeer y el joven Verdi— heredaron directamente su manera de escribir para cantantes.
05
Los Concerti Grossi Op. 6 como cumbre del género. Doce conciertos que resumen y exceden todo lo que el concerto grosso había sido hasta ese momento: más elaborados que Corelli, más variados que Vivaldi, con momentos de una seriedad contrapuntística que sus contemporáneos no esperaban de un hombre al que algunos consideraban superficialmente populista.
06
El modelo de la celebridad musical moderna. Handel fue el primer compositor en usar lo que hoy llamaríamos marketing: suscripciones anticipadas, conciertos benéficos de alto perfil, la gestión cuidadosa de su reputación pública. No esperó a que los mecenas lo buscaran: buscó al público y lo convirtió en su mecenas colectivo. Eso fue radical en 1740 y sigue siendo el modelo básico de la industria musical.
En síntesis: Handel demostró que la música puede ser simultáneamente grande y popular, artísticamente exigente y públicamente accesible. La tensión entre esas dos demandas —que sigue siendo la tensión central de la música clásica— la vivió y la resolvió con más elegancia que cualquiera de sus sucesores.

Más allá
del Hallelujah

El problema de Handel es el opuesto al de Bach: todo el mundo cree que lo conoce porque conoce el coro «Hallelujah», y por eso no escucha el resto. Esta lista empieza en el lugar familiar y se adentra en el territorio que la popularidad del Messiah ha oscurecido injustamente.

01
Messiah — «He was despised» y «I know that my Redeemer liveth»
El «Hallelujah» todo el mundo lo conoce. Lo que la fama de ese coro ha oscurecido son las arias lentas del oratorio: «He was despised» (contralto), una meditación sobre el sufrimiento de una gravedad que contrasta brutalmente con la festividad que rodea al oratorio en el imaginario popular; y «I know that my Redeemer liveth» (soprano), serenidad absoluta. Escucha el oratorio completo para entender por qué el «Hallelujah» tiene el impacto que tiene.
HWV 56 · 1741 · obra completa: aprox. 2.5 horas
02
Giulio Cesare — ópera completa o «V'adoro, pupille»
La ópera más viva de Handel: intriga política, seducción, guerra y venganza con una música de una variedad asombrosa. «V'adoro, pupille», el aria de Cleopatra disfrazada de su propia sirvienta para seducir a César, es de una sensualidad calculada que no tiene equivalente en el Barroco. Tres horas de ópera que no aburren un minuto.
HWV 17 · 1724 · aprox. 3 horas
03
Water Music — Suite n.º 2 en re mayor
La más festiva y brillante de las tres suites: trompetas y oboes en un diálogo que parece rebotar sobre el agua del Támesis. La «Alla Hornpipe» —la danza más conocida de la colección— tiene una energía rítmica que explica por qué el rey ordenó que la orquesta la tocara tres veces durante el paseo. Música de verano, outdoor, perfectamente calibrada.
HWV 349 · 1717 · aprox. 20 min
04
Music for the Royal Fireworks — versión de viento original
La versión con solo viento y percusión —la que Handel escribió originalmente por orden del rey— es más marcial, más austéra y más impresionante que la versión con cuerdas. La obertura y la «La Réjouissance» en particular tienen una grandiosidad sin ornamento que la versión orquestal completa, paradójicamente, suaviza. Busca una grabación con conjunto de instrumentos históricos de viento.
HWV 351 · 1749 · aprox. 20 min
05
Concerti Grossi Op. 6 n.º 5 en re mayor — movimiento lento
El Concerti Grosso n.º 5 tiene un Largo central de una profundidad que desubica al oyente que espera la festividad habitual de Handel. Es contrapunto denso y emoción contenida: el hombre que escribía para multitudes hablando en voz baja. Escucha el Op. 6 completo si puedes: dos horas de música que va del ceremonial al íntimo sin perder la coherencia.
HWV 323 · 1739 · movimiento lento: aprox. 5 min
06
Saúl — «Dead March» y escenas de locura
El oratorio más dramáticamente oscuro de Handel. La «Marcha fúnebre» del tercer acto —que se tocó en el funeral de Wellington y en ceremonias militares durante siglos— tiene una gravedad que supera en profundidad emocional a cualquier momento del Messiah. Las escenas de la locura de Saúl, con sus disonancias y su ritmo fragmentado, son las más teatrales que escribió.
HWV 53 · 1739 · aprox. 2.5 horas
07
Alcina — «Ah! mio cor»
La hechicera que ha perdido sus poderes y con ellos su capacidad de retener al hombre que ama: el aria tiene el cromatismo del abandono, el ritmo irregular del dolor que no sabe controlarse. Es el aria más psicológicamente rica que Handel escribió. Escucha la ópera completa para entender el contexto; el aria sola ya justifica la escucha.
HWV 34 · 1735 · aria: aprox. 8 min
08
Israel in Egypt — los coros de las plagas
El oratorio más coralmente ambicioso de Handel y el menos melodicamente accesible a la primera escucha. Los coros de las ranas, los insectos, la oscuridad y el granizo son ejercicios de pintura sonora de una imaginación que no tiene precedente en el Barroco. «He smote all the firstborn» —Él hirió a todos los primogénitos— tiene una brutalidad rítmica que Bach nunca se habría permitido.
HWV 54 · 1739 · aprox. 100 min
09
Conciertos para órgano Op. 4 n.º 1 — y el arte de la improvisación
Handel tocaba los solos de órgano de sus conciertos improvisando en la actuación —las partituras tienen lugares marcados como «ad lib.» donde el solista hacía lo que quería. Las grabaciones aproximan lo que pudo ser: una energía espontánea, una inventiva que las notas escritas solo bosquejan. El n.º 1 en sol menor da una idea del peso y la oscuridad que el instrumento podía tener en sus manos.
HWV 289 · 1738 · aprox. 12 min