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Compositores · Clasicismo

Joseph
Haydn

1732 — 1809

"El padre de la sinfonía"

Inventó la sinfonía tal como la conocemos, el cuarteto de cuerdas tal como lo conocemos, y la forma sonata en su madurez — y luego pasó 30 años perfeccionando esos inventos en el equivalente musical de un laboratorio, mientras el resto de Europa tomaba prestado sus resultados.

Del hijo del carretero
al laboratorio de Eszterháza

Joseph Haydn nació el 31 de marzo de 1732 en Rohrau, un pueblo pequeño de Austria, hijo de Mathias Haydn, carretero de oficio, y de Maria, cocinera en el castillo local. La familia era pobre pero musical: el padre tocaba el arpa de oído sin saber leer notas. Algo en el pequeño Joseph —una voz que cortaba el aire, un oído que no fallaba— llamó la atención de un pariente lejano, Johann Mathias Frankh, maestro de escuela en Hainburg. Se lo llevó a los 6 años. Las condiciones no eran cómodas; Haydn recordaría más tarde que pasó más hambre que hartazgo en esa casa, pero aprendió violín, clavicémbalo y a cantar con una disciplina que le duraría toda la vida.

A los 8 años fue reclutado como niño soprano para el coro de la Catedral de San Esteban en Viena. Durante casi una década vivió en la institución, cantó en ceremonias reales y funerales de Estado, y absorbió sin plan consciente una educación musical extraordinaria. Cuando su voz mudó —la tradición dice que el corte fue brusco y algo ignominioso, posiblemente facilitado por el director del coro para hacer necesaria la castración que Haydn rechazó— lo pusieron en la calle a los 17 años con poca ropa y sin dinero. Los años siguientes en Viena fueron de pobreza auténtica: lecciones de teclado a señoritas de buena familia, trabajo en ensambles callejeros, estudios en solitario de los tratados de contrapunto de Fux y las sonatas de C.P.E. Bach. Eran años de formación sin maestro que los guiara, lo cual resultó ser una fortuna disfrazada.

En 1760 se casó con Maria Anna Keller, hermana de la mujer a quien realmente amaba y que había tomado los hábitos. El matrimonio fue un desastre tranquilo: Maria Anna era fría, indiferente a la música, y según los biógrafos de la época usaba los manuscritos de su marido como papel para rizarse el cabello. Haydn no la amaba y ella no lo entendía. Convivieron mal durante décadas y él encontró el afecto genuino en otras partes, principalmente en Luigia Polzelli, cantante a su servicio, con quien mantuvo una relación larga y complicada.

Lo que transformó la vida de Haydn fue el contrato con la familia Esterházy en 1761. Primero en Eisenstadt, y luego en el inmenso palacio de Eszterháza —construido por el Príncipe Nikolaus en los pantanos de Hungría, tan remoto que sus músicos lo llamaban en secreto su exilio—, Haydn fue el Kapellmeister responsable de una orquesta, una compañía de ópera y un teatro de marionetas. El contrato lo obligaba a componer lo que se le pidiera, a vestir librea como cualquier sirviente, y a no publicar ni vender sus obras sin permiso. A cambio tenía músicos excelentes, tiempo para experimentar y la seguridad que nunca había conocido. El aislamiento, dijo décadas después, lo forzó a ser original: no había nadie a quien imitar, ninguna moda que seguir, ningún crítico que satisfacer.

Cuando el Príncipe Nikolaus murió en 1790, Haydn tenía 58 años y era el compositor más famoso de Europa, aunque buena parte de esa fama la había construido en el olvido de Eszterháza. El nuevo príncipe disolvió la orquesta y le ofreció una pensión completa con libertad total. El empresario londinense Johann Peter Salomon lo recogió prácticamente en el umbral y lo llevó a Inglaterra. Los dos viajes a Londres —1791-92 y 1794-95— fueron el mayor triunfo de su vida: multitudes, cenas con el Príncipe de Gales, un doctorado honoris causa de Oxford, y las doce Sinfonías de Londres compuestas para esas visitas. Regresó a Viena transformado. Sus últimas obras, La Creación (1798) y Las Estaciones (1801), son la culminación de todo lo aprendido. Murió el 31 de mayo de 1809, mientras las tropas de Napoleón bombardeaban Viena. Tenía 77 años y estaba en paz.

Una corte como
laboratorio del mundo

La corte Esterházy no era una prisión dorada: era un microcosmos musical sin igual en Europa. El Príncipe Nikolaus era un melómano apasionado y exigente que tocaba el barítono —un instrumento de cuerda frotada con resonadores, hoy prácticamente desaparecido— con suficiente competencia como para que Haydn le compusiera más de 175 obras para ese instrumento específico. La demanda era constante: óperas nuevas para el teatro principal, música para los títeres, serenatas para las cenas, sinfonías para los conciertos nocturnos. Esta presión productiva que a otro compositor hubiera aplastado, en Haydn generó la velocidad y la seguridad de quien no tiene tiempo de dudar. En Eszterháza se fabricaba música como se fabrican los objetos en un taller: con artesanía, con orgullo, sin pretensiones filosóficas. Y de esa fábrica salieron algunas de las obras más importantes del siglo XVIII.

El contexto histórico más amplio era el del Estilo Clásico emergiendo del Barroco. La generación de Haydn heredó la complejidad contrapuntística de Bach y Handel pero también la reacción contra ella: el movimiento Empfindsamer Stil (estilo sensitivo) de C.P.E. Bach, que buscaba una música más directa, más conversacional, más ligada al habla y al gesto humanos. Haydn absorbió ambas tradiciones y las fusionó en algo nuevo: una música que podía ser seria y juguetona al mismo tiempo, que podía sorprender sin abandonar la lógica, que podía emocionar sin sentimentalismo. El Clasicismo no es un estilo frío: es un estilo que sabe cuándo reír y cuándo callarse.

La amistad con Mozart, que comenzó alrededor de 1781 cuando Haydn visitaba Viena con regularidad, es uno de los vínculos más hermosos y más mutuamente beneficiosos de la historia de la música. No fue una relación de maestro y discípulo: fue de igual a igual, con una admiración recíproca documentada en palabras que no suelen usarse entre compositores vivos. Haydn aprendió de la densidad armónica y la riqueza expresiva de Mozart; Mozart aprendió de la claridad de estructura y el humor absoluto de Haydn. Los cuartetos que Mozart dedicó al maestro llevan esa deuda inscrita en cada página.

«El aislamiento de Eszterháza me forzó a ser original. No había nadie cerca de mí, nadie a quien confundir ni copiar. Tuve que ser yo mismo.» — Haydn, en sus memorias dictadas a Griesinger

Londres representó algo cualitativamente diferente: el primer mercado musical verdaderamente público del mundo. Los conciertos de Salomon en la Hanover Square Room no dependían del capricho de un aristócrata; dependían de la voluntad de un público que pagaba su entrada y tenía criterio propio. Haydn —que había compuesto toda su vida para una familia, para una corte, para un cliente— descubrió en Londres que podía componer para el mundo. Las Sinfonías de Londres son obras escritas para una audiencia diversa, hambrienta de novedad y capaz de apreciar tanto la complejidad técnica como el golpe de efecto más simple. El segundo movimiento de la Sinfonía Sorpresa, con su martillazo inesperado, es Haydn riendo con mil personas al mismo tiempo.

Ciento cuatro sinfonías
y un universo en cada una

El catálogo de Haydn es uno de los más extensos de la historia de la música occidental, no por descuido sino por vocación. Cada obra tenía una función, un destinatario, una ocasión. Y en esa variedad de contextos fue construyendo, ladrillo a ladrillo, el edificio de formas que sus sucesores habitarían durante dos siglos.

Sinfonías
Sinfonías de Londres, n.º 93–104
Las doce sinfonías escritas para sus viajes a Inglaterra son la cumbre del género en el siglo XVIII. La n.º 94 "Sorpresa", la n.º 100 "Militar", la n.º 101 "El reloj" y la n.º 104 "Londres" son las más frecuentadas, pero no hay una sola entre las doce que no tenga al menos un movimiento extraordinario. Haydn en su mejor momento: libre, seguro, dispuesto a todo.
Sinfonía n.º 45 en fa♯ menor, "La Despedida"
Compuesta en 1772 como protesta musical contra el encierro prolongado en Eszterháza. Los músicos se van apagando uno a uno en el último movimiento. Una obra de humor político con un corazón genuinamente melancólico. El Príncipe entendió el mensaje.
Sinfonías "Paris", n.º 82–87
Encargadas por el Concerts de la Loge Olympique de París en 1785-86. La n.º 82 "El Oso" y la n.º 83 "La Gallina" son las más características: gracia, humor y una complejidad armónica que Haydn sabía esconder bajo la superficie brillante.
Cuartetos de cuerdas
Cuartetos op. 33, "Rusos"
Haydn anunció estos cuartetos de 1781 como escritos "en un estilo completamente nuevo". No era bravuconería: en ellos el cuarteto deja de ser melodía acompañada para convertirse en conversación entre cuatro voces iguales. Todo el cuarteto posterior —Mozart, Beethoven, Brahms— parte de aquí.
Cuartetos op. 76, "Erdödy"
Su cima en el género. El n.º 3 "Emperador" contiene en su segundo movimiento un conjunto de variaciones sobre el himno austríaco que él mismo había compuesto —música de una dignidad y una sencillez conmovedoras. El n.º 5 en re mayor tiene un primer movimiento de complejidad estructural que anticipa el siglo siguiente.
Oratorios y Música Sacra
La Creación, Hob. XXI:2 (1798)
El oratorio más ambicioso de su vida, compuesto después de escuchar el Mesías de Handel en Londres. La "Representación del Caos" en la obertura es uno de los experimentos armónicos más audaces del siglo XVIII, y la explosión en "Y hubo luz" es uno de los momentos más teatrales de toda la música occidental.
Missa in Angustiis, "Nelson Mass", Hob. XXII:11
Escrita en agosto de 1798, mientras Nelson derrotaba a la armada francesa en el Nilo. La música es oscura, dramática, casi operática —inusual para una misa de Haydn. Una obra que lleva la fecha de batalla inscrita en sus acordes.
Conciertos
Concierto para Trompeta en mi♭ mayor, Hob. VIIe:1
Escrito en 1796 para la nueva trompeta de llaves inventada por Anton Weidinger. El instrumento permitía por primera vez pasajes melódicos cromáticos: Haydn lo aprovechó para crear el concierto para trompeta más importante del repertorio, una obra que todavía hoy define el instrumento.
Conciertos para Violonchelo n.º 1 y 2
El n.º 1 en do mayor fue redescubierto en los años 1960 en los archivos de Praga. Su movimiento lento es de una belleza casi insoportable. El n.º 2 en re mayor es más conocido y fue durante décadas el único del catálogo; ambos son piezas centrales del repertorio para el instrumento.

El hombre que
sabía cuándo reír

La Sinfonía de la Despedida

Era el otoño de 1772 y el Príncipe Nikolaus llevaba meses sin regresar de Eszterháza a Eisenstadt. Los músicos de la orquesta estaban desesperados: sus familias vivían en la ciudad y el príncipe parecía no notar que sus sirvientes también tenían hijos y esposas que esperaban. Haydn escribió la Sinfonía n.º 45 en fa sostenido menor con una instrucción cuidadosamente calculada en el último movimiento: los músicos debían ir apagando sus velas y abandonando el escenario uno por uno, hasta que solo quedaran dos violines tocando pianísimo en la penumbra. El Príncipe Nikolaus asistió al concierto. Entendió el mensaje sin que nadie lo verbalizara. Al día siguiente ordenó regresar a Eisenstadt. Haydn nunca explicó si era un gesto de desesperación o de humor. Probablemente era ambos.

Lo que Haydn le dijo al padre de Mozart

Leopold Mozart visitó Viena en 1785 y asistió a una velada en la que se tocaron los nuevos cuartetos que su hijo Wolfgang había dedicado al maestro Haydn. Al terminar, Haydn se acercó a Leopold y le dijo con una seriedad que los presentes recordarían décadas después: «Ante Dios y como hombre honesto le digo que su hijo es el mayor compositor que conozco, ya sea en persona o de nombre. Tiene gusto, y además el conocimiento más profundo de la composición.» Leopold, que no era hombre dado a las lágrimas, se conmovió visiblemente. Era el veredicto de quien mejor podía saber.

El triunfo londinense

Cuando Haydn llegó a Londres en enero de 1791, tenía 58 años y nunca había salido de los territorios del Imperio Austríaco. Lo que encontró lo dejó atónito: era genuinamente famoso, reconocible en las calles, invitado a cenas con el Príncipe de Gales, festejado en los periódicos. Cuando escuchó su propia Sinfonía Sorpresa ejecutada por la orquesta más grande que jamás había dirigido, ante un público de más de mil personas, rompió a llorar. Le preguntaron después si la reacción del público —el estallido de risas ante el martillazo del segundo movimiento, los aplausos que no terminaban— lo había sorprendido. «Un poco», dijo con su ironía característica. «Pero calculé que funcionaría.»

El piano durante el bombardeo

En mayo de 1809, las tropas napoleónicas bombardearon Viena. Haydn tenía 77 años, estaba enfermo, apenas podía moverse de su sillón. El cañoneo sacudía las ventanas de su casa en Gumpendorf. Sus sirvientes estaban aterrorizados. Haydn, según relata uno de ellos, los llamó a su alrededor, fue al piano con dificultad —alguien lo ayudó a sentarse—, y tocó el himno imperial austríaco que él mismo había compuesto años atrás. Lo tocó tres veces, con una deliberación solemne que nadie en la habitación olvidaría. «No tengan miedo», dijo. «No puede pasarle nada malo a Haydn donde está Haydn.» Murió cinco días después, el 31 de mayo.

Las Estaciones y el fin del camino

Su último oratorio, Las Estaciones, lo agotó de una manera que La Creación no había logrado. Era una obra de escala inmensa, llena de efectos descriptivos —el croar de las ranas, el zumbido de los insectos, la tormenta de verano— que Haydn compuso obedientemente pero que encontraba algo vulgares. «Esta galomanía me perderá al final», le escribió a un amigo, refiriéndose a la moda francesa de la música descriptiva. Tenía razón en un sentido literal: después de Las Estaciones, ya no compuso nada sustancial. Su mente seguía activa, sus amigos decían que aún cantaba melodías en la cama, pero el cuerpo no podía seguir. Se despidió de la composición sin haberlo planeado, que es quizás la única manera honesta de hacerlo.

Lo que Haydn
inventó para siempre

Decir que Haydn "inventó" la sinfonía y el cuarteto es una simplificación conveniente que oculta algo más interesante: no los inventó desde cero, sino que tomó formas embrionarias que existían y les dio la estructura, la lógica y las proporciones que las hicieron capaces de soportar todo lo que vino después. Beethoven, Brahms, Mahler, Shostakovich: todos están parados sobre los cimientos que Haydn construyó.

01
La sinfonía en cuatro movimientos como forma estándar. Haydn consolidó la secuencia allegro–andante–minuetto–finale como la arquitectura básica del género. No la inventó de golpe, sino que la fue refinando en más de cien obras hasta hacerla sentir inevitable.
02
El cuarteto de cuerdas como conversación entre iguales. Sus Op. 33 de 1781 establecieron el modelo: cuatro voces que se escuchan, se responden, se interrumpen, se complementan. El cuarteto dejó de ser melodía con acompañamiento y se convirtió en el género camerístico más complejo y más honesto.
03
La forma sonata en su versión clásica madura. Exposición, desarrollo, recapitulación: el esquema existe antes de Haydn, pero él lo llenó de contenido dramático real, de tensiones que se resuelven, de sorpresas que tienen lógica retrospectiva. Sus desarrollos sinfónicos son estudios de construcción de tensión sin igual en su época.
04
El humor como categoría musical seria. Haydn fue el primero en demostrar que una obra musical puede ser inteligentemente cómica sin dejar de ser estructuralmente rigurosa. El "chiste" del Op. 33 n.º 2, la sorpresa del martillazo, los finales que nunca terminan cuando deberían: todo eso amplió el rango expresivo de la música instrumental.
05
El oratorio en alemán como género moderno. La Creación tomó el modelo haendeliano y lo trasplantó al siglo XVIII tardío, incorporando armonía avanzada, orquestación colorista y una teatralidad que no dependía de la escena. Es el puente entre Handel y las grandes obras corales del siglo XIX.
06
La democratización de la música seria. Las Sinfonías de Londres fueron compuestas para un público que pagaba su entrada, no para la aprobación de un príncipe. Haydn fue uno de los primeros grandes compositores en escribir para el mercado público, anticipando el modelo del concierto moderno.
Un dato que lo resume: Cuando murió Haydn, Beethoven —quien lo había tenido como maestro y nunca se había llevado especialmente bien con él— organizó que se cantara el Réquiem de Mozart en su memoria. Era el homenaje más honesto que podía hacer: usar la música del compositor que Haydn había descubierto para despedir al hombre que lo hizo posible.

Por dónde
empezar con Haydn

Haydn es, de los grandes clásicos, el más injustamente subestimado. La etiqueta de "padre de la sinfonía" lo convierte en una figura histórica cuando debería ser un placer presente. Esta lista empieza por donde es más fácil entrar y termina donde la profundidad es mayor.

01
Sinfonía n.º 94 en sol mayor, "La Sorpresa"
El segundo movimiento tiene el martillazo más famoso de la música clásica, colocado exactamente donde nadie lo espera. Haydn dijo que lo puso "para despertar a las señoras que se duermen en los conciertos". Pero no te quedes en el chiste: la sinfonía entera es una demostración de economía y brillo.
Hob. I:94 · aprox. 25 min
02
Sinfonía n.º 104 en re mayor, "Londres"
Su última sinfonía y la más majestuosa. El finale, basado en un tema de danza popular croata, construye una energía que no cede en ningún momento. Es Haydn en la cumbre de sus poderes, con 62 años y nada que demostrar excepto que todavía puede sorprender.
Hob. I:104 · aprox. 28 min
03
Cuarteto op. 76 n.º 3 en do mayor, "El Emperador"
El segundo movimiento es un conjunto de variaciones sobre el himno austríaco que Haydn mismo compuso. Cuatro variaciones, cada una entregada a una voz diferente del cuarteto mientras las otras tres acompañan. Una dignidad perfecta en unos doce minutos.
Hob. III:77 · aprox. 27 min
04
Cuarteto op. 33 n.º 2 en mi♭ mayor, "La Broma"
El final que no termina: Haydn construye un finale que parece concluir cuatro o cinco veces antes de terminar de verdad —o quizás no. El cuarteto completo es un recital de humor musical que no sacrifica ni un gramo de rigor. Escucha el finale hasta el final, sin anticiparte.
Hob. III:38 · aprox. 22 min
05
La Creación — Obertura y "Y hubo luz"
La "Representación del Caos" que abre el oratorio es uno de los experimentos armónicos más atrevidos del siglo XVIII: tonalidad suspendida, texturas que no se resuelven. Y entonces llega el do mayor fortísimo en "Y hubo luz" —un choque que Haydn construye durante diez minutos para que sea inevitable e inesperado al mismo tiempo.
Hob. XXI:2 · oratorio completo aprox. 100 min
06
Concierto para Violonchelo n.º 1 en do mayor
Redescubierto en 1961 en un archivo de Praga, perdido durante dos siglos. El movimiento lento —Adagio— es de una limpidez y una melancolía que no se parecen a nada más en su catálogo. Una obra que habría cambiado la historia del chelo si hubiera sido conocida a tiempo.
Hob. VIIb:1 · aprox. 25 min
07
Sonata para piano Hob. XVI/52 en mi♭ mayor
La más grande de sus sonatas y una obra visionaria: texturas que anticipan a Schubert, un segundo movimiento de una gravedad casi beethoveniana, un finale que juega con el ritmo punteado como si fuera una broma cosmológica. No es música fácil, pero es necesaria.
Hob. XVI:52 · aprox. 22 min
08
Missa in Angustiis, "Nelson Mass"
Escrita en agosto de 1798, en plena era napoleónica, mientras Nelson destruía la flota francesa en el Nilo. La música tiene una oscuridad y una urgencia que son inusuales en Haydn: el Kyrie comienza con trompetas y timbales, no con coro. Una misa de guerra que también es una misa de fe.
Hob. XXII:11 · aprox. 35 min
09
Sinfonía n.º 45 en fa♯ menor, "La Despedida"
Para la historia de los músicos apagando sus velas. Pero también para el finale genuinamente poético de esa sinfonía: después del gesto político, cuando solo quedan dos violines, la música alcanza una quietud que no es resignación sino algo más cercano a la paz. Haydn siendo Haydn: la broma y el alma al mismo tiempo.
Hob. I:45 · aprox. 25 min