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Compositores · Romanticismo

Franz
Liszt

1811 — 1886

El primer rockstar

Las mujeres se desmayaban en sus conciertos. Peleaban por sus cuerdas de piano rotas y sus guantes desechados. Fue la primera persona en la historia en dar un recital en solitario —una persona sola en el escenario, solo el piano, solo él. El concepto del intérprete como celebridad fue, en gran medida, su invención.

Del niño prodigio
al abbé de Weimar

Franz Liszt nació el 22 de octubre de 1811 en Raiding, Hungría —hoy Austria— hijo de Adam Liszt, administrador de los establos del príncipe Esterházy, el mismo que había tenido a Haydn como compositor de corte y que había conocido a Beethoven. El padre Adam era músico aficionado de talento genuino y reconoció desde muy temprano lo que tenía en casa. A los nueve años, el pequeño Franz tocó en un concierto ante varios magnates húngaros que quedaron tan impresionados que pagaron colectivamente su educación durante los seis años siguientes.

En 1821 la familia se mudó a Viena: Carl Czerny —el mismo que había estudiado con Beethoven— tomó a Franz como alumno de piano de manera gratuita, reconociendo inmediatamente su nivel. Salieri le enseñó composición. A los doce años ya había tocado ante el propio Beethoven, quien, según la leyenda quizás embellecida, lo besó en la frente después del concierto. De Viena a París: la ciudad que en ese momento era el centro del mundo musical. La muerte de su padre en 1827, cuando Liszt tenía quince años, lo dejó solo y en crisis espiritual. Pasó un período de semi-reclusión, dudando entre la música y la religión, que terminaría con el primer encuentro que lo cambió todo.

En 1831 fue a escuchar a Paganini. El efecto fue el de una revelación volcánica: Liszt decidió en ese momento que se convertiría, para el piano, en lo que Paganini era para el violín —el punto más alto de lo humanamente posible. Pasó años rediseñando su técnica, explorando posibilidades físicas del instrumento que nadie había tocado. Los Estudios Trascendentales son el resultado de esa búsqueda. Paralelamente conoció a Berlioz y a Chopin, de cuyos mundos absorbió todo lo que pudo.

Luego llegó la Lisztomania: las giras de los años 1839-1847 por toda Europa que convirtieron sus conciertos en fenómenos de masa sin precedentes. Mujeres que lloraban, que intentaban tocar el faldón de su abrigo, que se desmayaban. Guantes rotos que eran recogidos como reliquias. Cuerdas de piano que rompía con la intensidad de su toque y que se convertían en joyas. Heinrich Heine acuñó el término "Lisztomania" en 1844 con la mezcla exacta de admiración e incredulidad que merece. Liszt disponía el piano de manera que su perfil quedara visible al público —fue el primer intérprete en gestionar conscientemente su imagen escénica.

En 1847, a los treinta y cinco años, rico y famoso más allá de lo imaginable, tomó una decisión que dejó atónito al mundo musical: se retiró de las giras como concertista. Se estableció en Weimar como Kapellmeister y dedicó los siguientes doce años a componer, a dirigir, y a promover la música de otros. Dirigió estrenos de Wagner, de Berlioz, de Verdi. Compuso las grandes obras orquestales —los poemas sinfónicos, la Sinfonía Faust— y las grandes obras para piano: la Sonata en si menor, los Années de pèlerinage. La relación con la princesa Carolyne von Sayn-Wittgenstein fue larga y complicada: quiso casarse con ella; el Vaticano le negó el divorcio eclesiástico en el último momento.

En 1865 tomó las órdenes menores de la Iglesia —el Abbé Liszt, que combinaba la vida espiritual con la creación artística y la enseñanza. Los últimos veinte años de su vida los dividió entre Roma, Weimar y Budapest, enseñando a pianistas jóvenes de todo el mundo de manera gratuita, componiendo obras cada vez más extrañas y anticipatorias. Murió el 31 de julio de 1886 en Bayreuth, adonde había ido a asistir al Festival Wagner. Tenía setenta y cuatro años y acababa de ver a su hija Cosima —que había dirigido el festival después de la muerte de Wagner en 1883— convertida en la heredera de lo que él mismo había contribuido a construir.

Weimar, Wagner
y la Nueva Escuela Alemana

Liszt fue el centro de un campo de batalla estético que definió la segunda mitad del siglo XIX. Desde su posición en Weimar como director y compositor, encabezó lo que se llamó la Nueva Escuela Alemana: el bando que creía que la música debía ir más allá de las formas clásicas, aliarse con la literatura y el drama, expandir el lenguaje armónico, inventar nuevas formas. Enfrente estaban Brahms y el crítico Eduard Hanslick, defensores de la música absoluta, de la forma clásica como horizonte legítimo.

Liszt inventó el poema sinfónico: una obra orquestal en un solo movimiento con un programa literario o pictórico explícito. Era la aplicación al campo orquestal de lo que Berlioz había hecho con la sinfonía programática, pero con mayor libertad formal: sin los cuatro movimientos de la sinfonía, sin las obligaciones de la forma sonata, libre de seguir el argumento literario con su propia lógica. Compuso doce poemas sinfónicos entre 1848 y 1858.

La ironía más grande de su vida: el hombre húngaro que apenas hablaba húngaro, el Abbé que amaba a las mujeres, el virtuoso que se retiró a los treinta y cinco, el maestro que enseñó gratis a cientos de alumnos y cobró caro a nadie. Liszt fue siempre más de una cosa a la vez.

La relación con Wagner es el nudo más complicado de su historia personal. Wagner era su yerno —se había casado con Cosima, la hija de Liszt y de la condesa d'Agoult— pero también había seducido a Cosima mientras estaba casada con Hans von Bülow, el mejor alumno de Liszt y su amigo cercano. Liszt tenía razones personales y morales para romper con Wagner, y sin embargo no lo hizo, o no del todo: siguió apoyando su música, siguió defendiéndola, y al final fue a Bayreuth a ver los frutos de ese apoyo. Lo que Wagner le debe a Liszt —musicalmente, no solo emocionalmente— es sustancial: el cromatismo extremo del lenguaje lisztiano fue uno de los insumos que Wagner transformó en el lenguaje del Tristán.

La transcripción pianística fue su contribución más inesperadamente democrática. En una época sin grabaciones, sin radio, sin ninguna manera de llevar la música de la sala de conciertos al hogar, Liszt transcribió sinfonías de Beethoven, canciones de Schubert, óperas de Verdi y de Wagner para piano solo. Un buen pianista podía tocar estas transcripciones en su sala: así llegaba la música de los grandes maestros a quienes nunca podrían pagar una entrada de teatro. Era distribución cultural disfrazada de virtuosismo.

El piano reinventado,
la orquesta expandida

La obra de Liszt cubre un rango extraordinario, desde el virtuosismo espectacular de las primeras obras hasta la austeridad casi atonal de las últimas. No es homogénea —tiene cumbres y valles, obras de exhibición y obras de un radicalismo que todavía sorprende— pero en su conjunto representa una de las contribuciones más amplias de cualquier compositor del siglo XIX.

Piano solo — obras mayores
Sonata en si menor (1853)
Treinta minutos en un solo movimiento continuo: la obra para piano solo más ambiciosa del siglo XIX. Utiliza cuatro temas que se transforman y combinan a lo largo de la obra de maneras que anticipan la técnica de variación cíclica que Franck y d'Indy desarrollarían después. Brahms la oyó tocada por von Bülow y no dijo nada —lo que en él era la forma más alta de reconocimiento.
Études d'exécution transcendante (12 Estudios Trascendentales)
La cumbre de la técnica pianística romántica: el resultado de años de reingeniería técnica inspirada por Paganini. El n.º 4 "Mazeppa" tiene una violencia casi orquestal; el n.º 10 en fa menor —el más bello del conjunto— pone la técnica al servicio de la poesía con una elegancia que ningún otro estudio de Liszt iguala.
Années de pèlerinage (3 cuadernos)
Tres cuadernos de "Años de peregrinaje": el primero sobre Suiza, el segundo sobre Italia, el tercero tardío sobre impresiones diversas. "Au bord d'une source" (I) es agua sobre piedra en dieciocho páginas. "Après une lecture du Dante" (II) es un infierno de diez minutos. "Les jeux d'eaux à la Villa d'Este" (III) anticipa a Debussy de manera tan directa que Ravel debería haberle dado crédito explícito.
19 Rapsodias Húngaras
Basadas en melodías folclóricas húngaras —o más precisamente, en las melodías de los músicos romaníes que Liszt escuchó en su infancia. La n.º 2 es la más conocida hasta el punto del cliché, pero en una buena ejecución sigue siendo irresistible. Las n.º 6 y n.º 12 son las más elaboradas musicalmente.
Obras tardías — Nuages gris, Unstern, Bagatelle sans tonalité
Las piezas más extrañas y proféticas de su catálogo. "Nuages grises" (Nubes grises, 1881): tres minutos sin armonía tonal reconocible. "Bagatelle sans tonalité" (1885): exactamente lo que dice su título. Escritas a los setenta años, son cincuenta años más avanzadas que su época.
Orquesta
12 Poemas Sinfónicos (1848–1858)
El género que inventó: una obra orquestal en un solo movimiento con argumento literario. Les Préludes es el más popular. Orpheus el más lírico. Hamlet el más oscuro. Mazeppa el más violento. Cada uno es un experimento diferente en la misma idea fundamental: la forma que sigue al contenido.
Sinfonía Faust (1854–57)
Tres retratos orquestales —Faust, Gretchen, Mefistófeles— seguidos de un coro final. El movimiento de Mefistófeles no es un tema propio sino una distorsión del tema de Faust: el diablo no crea, parodia. Esa idea —musicalizar el nihilismo como ausencia de originalidad— es uno de los conceptos más inteligentes de toda la música del siglo XIX.
Conciertos para piano n.º 1 y n.º 2
El n.º 1 en mi bemol —famoso por el triángulo que aparece en el scherzo, blanco de burlas de sus contemporáneos y perfectamente efectivo— tiene una energía de primer movimiento que pocas obras igualan. El n.º 2 en la mayor es más meditativo y menos convencional en su estructura; algunos lo prefieren.
Transcripciones y Canciones
Transcripciones para piano
Las nueve sinfonías de Beethoven transcritas para piano solo. Las canciones de Schubert —"Der Erlkönig", "Ständchen", "Auf dem Wasser zu singen"— convertidas en obras pianísticas independientes. Las oberturas de Wagner. Las fantasías sobre temas de ópera. Un corpus de cientos de obras que funcionaron durante décadas como el único medio de distribución de esa música.
Liebesträume (3 Nocturnos)
El n.º 3 en la bemol mayor es la melodía más conocida que escribió: cinco minutos de pureza melódica sin complicaciones. No es su obra más ambiciosa ni más profunda, pero sí la que demuestra que sabía exactamente lo que hacía cuando quería simplemente escribir una melodía.

El perfil hacia el público
y las nubes grises del final

La Lisztomania y el arte de la puesta en escena

Heinrich Heine acuñó el término "Lisztomania" en 1844 para describir la histeria que rodeaba los conciertos de Liszt: mujeres que peleaban por sus cuerdas de piano rotas y sus guantes desechados, que gritaban y lloraban y trataban de tocarlo cuando salía del escenario. Liszt llegaba tarde deliberadamente para aumentar la anticipación. Disponía el piano de manera que su perfil —largo, aristocrático— quedara visible al público, porque entendía que la actuación era también una imagen. Fue el primer intérprete en gestionar conscientemente su presencia escénica como parte del espectáculo. Dos siglos antes de que existiera la palabra "branding", Liszt ya lo practicaba.

Paganini y la decisión que lo cambió todo

En 1831, Liszt fue a escuchar a Niccolò Paganini tocar el violín en París. La experiencia fue transformadora de una manera que él mismo describió en cartas: escuchó lo que un ser humano podía hacer con un instrumento llevado al límite absoluto de sus posibilidades, y decidió que haría lo mismo con el piano. Pasó años practicando con una metodología que él mismo describe como extrema —seis horas diarias mínimo, estudiando la técnica como un fenómeno físico a rediseñar desde cero. Los Estudios Trascendentales, en su versión definitiva de 1851, son el producto de esos años de experimentación. Paganini murió en 1840; Liszt le escribió una elegía pianística.

La invención del recital en solitario

En 1840 en Londres, Liszt dio un concierto completamente solo —sin otros solistas, sin orquesta, sin ningún otro artista en el programa. Llamó a estas actuaciones "soliloquios". Los críticos que primero se burlaron de la idea reconocieron después del concierto que había sido un triunfo. El recital de piano en solitario —ese formato que hoy parece natural— fue su invención. Antes de él, los conciertos eran siempre programas mixtos con varios artistas. Que una sola persona, ante un solo instrumento, pudiera sostener una audiencia durante horas era una idea nueva. Él demostró que era posible.

Las piezas tardías: cincuenta años adelantado

En sus años setenta, cuando el mundo musical lo consideraba un monumento del pasado, Liszt escribió una serie de piezas breves para piano de una rareza desconcertante. "Nuages gris" (1881) usa progresiones de acordes que no resuelven hacia ninguna tonalidad reconocible. "Unstern" ("Desastre") explora disonancias sin resolución. La "Bagatelle sans tonalité" (1885) anuncia en su propio título que ha abandonado el sistema tonal. Estas piezas sugieren Debussy, sugieren Bartók, sugieren incluso a Schoenberg. Cuando se las mostró a algunos músicos jóvenes, los dejó sin palabras. Tenía setenta años. La modernidad del siglo XX, que él no viviría para ver, ya estaba en sus manos.

Wagner, Cosima y la lealtad más costosa

Su hija Cosima —nacida de la relación con la condesa Marie d'Agoult— abandonó a su marido Hans von Bülow, el mejor alumno de Liszt, para irse con Richard Wagner. Von Bülow era el hombre que había estrenado el Tristán de Wagner, que había dedicado años a la causa wagneriana, que era el mejor intérprete de Liszt. El abandono lo destruyó temporalmente. Liszt estaba en una posición imposible: amaba a su hija, le era leal musicalmente a Wagner, y le debía una lealtad personal a von Bülow. Nunca resolvió esta contradicción del todo. Siguió apoyando la música de Wagner; la relación personal fue distante durante años. Cuando murió en Bayreuth, estaba en el festival que su hija dirigía en honor de su yerno. La ironía no necesita comentario.

Lo que Liszt
dejó en pie

La influencia de Liszt es de una extensión inhabitual incluso para los grandes compositores del siglo XIX. Afectó directamente la técnica pianística, la forma orquestal, el lenguaje armónico, la manera en que se concibe la figura del intérprete, y la distribución de la música antes de las grabaciones. Pocos músicos han cambiado tantas cosas al mismo tiempo.

01
La invención del poema sinfónico. Una forma orquestal completamente nueva —un solo movimiento con argumento literario, libre de las restricciones de la sinfonía en cuatro movimientos— que fue adoptada inmediatamente por Smetana, Dvorák, Saint-Saëns, Strauss, Sibelius, Debussy. Es el género orquestal más importante que se inventó en el siglo XIX después de la sinfonía misma.
02
La reinvención total de la técnica pianística. Dobles trinos en ambas manos. Octavas cromáticas a velocidad de relámpago. La mano izquierda haciendo lo que antes solo hacía la derecha. Armónicos naturales del piano explorados como color. El pedal usado como arquitectura harmónica. Todo eso —que hoy es el vocabulario estándar del piano avanzado— lo sistematizó Liszt.
03
La Sonata en si menor como modelo de forma ciclica. Un solo movimiento que contiene la escala emocional de una sinfonía entera: la manera en que los temas se transforman, se combinan y se resuelven al final fue estudiada por Franck, por d'Indy, por Fauré, por Bartók. Es el modelo del gran movimiento único de piano que no tiene precedente en igual escala.
04
El cromatismo extremo que alimentó a Wagner. El lenguaje armónico de Liszt —especialmente en obras como el poema sinfónico Orpheus y en las piezas tardías— usa un cromatismo que disuelve la tonalidad sin abandonarla del todo. Wagner absorbió esto y lo llevó a su consecuencia más extrema en Tristán e Isolda. La deuda es musicológicamente documentada.
05
Las piezas tardías y la prototonalidad libre. "Nuages gris", "Unstern", la "Bagatelle sans tonalité": piezas escritas en los años 1880 que funcionan sin el sistema tonal como eje. Anticipan directamente a Debussy, a Bartók, a la Segunda Escuela de Viena. Escritas por un hombre de setenta años que todavía era capaz de ir más lejos que nadie.
06
La transcripción como distribución cultural. En una era sin grabaciones, sus transcripciones pianísticas de las sinfonías de Beethoven, las canciones de Schubert y las óperas de Wagner llevaron esa música a hogares y salas de toda Europa. Fue una forma de democratización musical —llevar la sala de conciertos al piano de la sala familiar— que no ha recibido suficiente reconocimiento.
07
El descubrimiento y promoción de otros compositores. Como director en Weimar estrenó o promovió obras de Wagner, Berlioz, Verdi, Grieg, Smetana, Saint-Saëns, Cornelius y docenas más. Como maestro enseñó a cientos de pianistas sin cobrarles un céntimo. Su generosidad con los talentos ajenos fue tan extraordinaria como los suyos propios.
La paradoja esencial: Liszt fue el músico más famoso de su siglo en vida, y uno de los más incomprendidos como compositor. Sus obras más radicales —las tardías, las que señalaban al futuro— las escribió cuando ya nadie esperaba innovación de él. La modernidad lo estaba esperando en sus últimas páginas.

Por dónde
empezar

Liszt tiene el problema opuesto al de Brahms: es demasiado fácil quedarse en la superficie espectacular y no llegar al compositor radical que estaba debajo. Esta lista empieza por la cima y luego sumerge hacia las aguas más profundas.

01
Sonata en si menor
Treinta minutos en un solo movimiento: el punto de partida obligatorio. Es la obra que prueba que Liszt era mucho más que un virtuoso espectacular. Empieza con tres notas en el bajo —casi nada— y construye desde ahí un mundo entero. El momento en que el tema principal regresa transformado al final es uno de los grandes momentos de la música de piano.
aprox. 30 min
02
Étude Trascendental n.º 10 en fa menor
El más bello del conjunto: la técnica al servicio de la poesía, no al revés. Una melodía de una nobleza inesperada sobre un acompañamiento de escalas en cascada. Es el Liszt que quería ser Chopin y que terminó siendo algo completamente propio.
aprox. 6 min
03
Années de pèlerinage I — "Au bord d'une source" y "Vallée d'Obermann"
"Au bord d'une source": agua sobre piedra, arpegiados de una levedad que anticipa al Ravel de los Jardines bajo la lluvia. "Vallée d'Obermann": un paisaje suizo de veinte minutos que es también un retrato del alma romántica en su momento más contemplativo. Los dos primeros puntos de entrada al mundo de los Années.
Cuaderno I · aprox. 50 min completo
04
Concierto para piano n.º 1 en mi bemol mayor
El famoso triángulo —que sus contemporáneos ridiculizaron y que es perfectamente efectivo— aparece en el scherzo. El primer movimiento tiene una energía de apertura que pocos conciertos igualan: el piano entra inmediatamente, sin preámbulos, con los puños sobre el teclado. Un concierto que todavía disfruta ser espectacular.
aprox. 20 min
05
Les Préludes (poema sinfónico n.º 3)
El más accesible de sus poemas sinfónicos y también el más conocido —por razones que no siempre hacen justicia a las otras once obras del género. Escúchalo como introducción, pero no te quedes aquí: Orpheus es más lírico, Hamlet más oscuro, y ambos son mejores.
aprox. 17 min
06
Rapsodia Húngara n.º 2 — en una buena interpretación
Cliché absoluto; irresistible en manos de alguien que la toca con convicción. La lentitud hipnótica del lassú inicial y la explosión del friska son uno de los contrastes más efectivos de toda la música de salón. Busca una grabación de Cziffra o de Kissin para escuchar lo que pasa cuando alguien sabe exactamente lo que está haciendo.
S.244/2 · aprox. 10 min
07
Liebestraum n.º 3 en la bemol mayor
Cinco minutos. La melodía más simple y perfecta que escribió: una línea cantable sobre un acompañamiento arpegiado que sube gradualmente en registro y en intensidad hacia un clímax en el registro alto y luego desciende hacia el silencio. Liszt sabía exactamente cuánto es suficiente.
S.541/3 · aprox. 5 min
08
Nuages gris (Nubes grises)
Tres minutos escritos en 1881: sin tonalidad reconocible, sin resolución, con progresiones que apuntan hacia una armonía que no ha llegado todavía. El viejo Liszt en su modo más profético. Escúchala después de escuchar el Liebestraum n.º 3 para entender el arco completo de lo que fue capaz.
S.199 · aprox. 3 min
09
Sinfonía Faust — "Faust" y "Gretchen"
El primer movimiento —el retrato de Faust— tiene una arquitectura de temas que se transforman y colisionan durante media hora. El segundo —Gretchen— es de una serenidad que contrasta perfectamente con la tormenta anterior. Si solo puedes escuchar dos movimientos de la Sinfonía Faust, que sean estos.
S.108 · aprox. 70 min completa