El primer compositor moderno
Era un poeta que componía música y un músico que escribía poesía — y en el siglo XIV, eso era todavía la misma cosa. Machaut es el pivote entre el mundo medieval anónimo y la era del compositor con nombre propio.
Guillaume de Machaut nació hacia 1300, probablemente en Machault, un pequeño pueblo en la región de Champaña. Se sabe poco de su infancia y formación; los primeros datos concretos de su vida aparecen ya en la treintena, cuando figura como secretario y capellán de Juan de Bohemia, uno de los grandes príncipes caballerescos de la Europa del siglo XIV. El servicio a Juan marcaría su vida durante quince años. El rey era ciego desde 1340 —una ceguera que contrajo y que nunca lo detuvo, ni en la política ni en la guerra—, y Machaut era sus ojos, su pluma, su memoria. Viajaron juntos por Polonia, Lituania, Italia, Luxemburgo. El secretario medieval era algo entre un asistente ejecutivo y un cronista: lo veía todo y lo anotaba todo. Machaut fue un observador extraordinario de su tiempo, y eso impregna toda su obra.
El vínculo con Juan terminó en 1346 de una manera que no se olvida fácilmente. En la batalla de Crécy, Juan de Bohemia, ciego y ya anciano para los estándares de la época, insistió en combatir. Lo hizo a la manera que habría hecho un caballero de novela: mandó que sus caballeros ataran las riendas de sus caballos a las suyas para que pudieran llevarlo al corazón de la batalla. Allí murió. El ejército inglés lo encontró rodeado de sus caballeros, todos muertos juntos, los caballos todavía atados. Machaut no estuvo en el campo —era secretario, no guerrero—, pero su relato de los años con Juan es una de nuestras fuentes principales para esa historia. Crecy fue el fin de una era caballeresca que Machaut había vivido desde adentro.
Después de Juan, Machaut encontró nuevos patrones entre la nobleza francesa: el duque de Normandía (futuro Carlos V), Bonne de Luxemburgo, el rey de Navarra. Se estableció como canónigo en Reims —una posición que le daba estabilidad económica sin exigirle demasiado— y allí pasó el resto de su larga vida componiendo, escribiendo y supervisando la compilación de sus propias obras. La Peste Negra de 1348 arrasó Europa durante esos años; Machaut la sobrevivió, aunque no sin trauma. El Jugement du Roy de Navarre, escrito poco después de la primera oleada de la plaga, abre con una descripción de la peste que es uno de los testimonios literarios más directos del siglo XIV sobre ese horror.
Pero quizás el episodio más íntimo y más extraño de la vida de Machaut es el que él mismo documentó con más detalle. Hacia 1362, cuando tenía alrededor de sesenta años, recibió cartas de una joven llamada Peronne d'Armentières, de unos dieciocho años, que decía haberlo amado desde que conoció su poesía. El intercambio epistolar se convirtió en una relación —poética, sentimental, probablemente no del todo platónica— que Machaut decidió documentar en una obra de nueve mil versos con cuarenta y seis piezas musicales intercaladas: Le Voir Dit, el Relato Verdadero. Es el autorretrato más completo de cualquier artista medieval, y también el documento más desconcertante: un hombre de sesenta años describiendo, con una honestidad perturbadora, el amor, los celos, la vejez, el deseo, la vanidad.
El término Ars Nova —Arte Nuevo— viene de un tratado teórico de Philippe de Vitry, contemporáneo y probable conocido de Machaut. El «arte nuevo» en cuestión era ante todo rítmico: el siglo XIV desarrolló un sistema de notación que permitía expresar duraciones hasta entonces inescribibles. El ritmo binario (dos por dos, el ritmo «imperfecto» que la teoría medieval veía con cierta desconfianza) se volvió tan legítimo como el ternario. Las divisiones del tiempo se multiplicaron. La complejidad rítmica que esto hizo posible es, para el oído moderno, asombrosa: los motetes del Ars Nova pueden superponer tres textos diferentes en tres voces que funcionan en proporciones de duración distintas, de modo que los tres ciclos se alinean solo al final de la obra. No es un experimento abstracto: suena, y suena de una manera que no se parece a nada anterior.
Machaut trabajó en este mundo nuevo con una libertad y una maestría que ningún otro compositor del siglo XIV iguala. Pero su genio no estaba en la complejidad por la complejidad. Sus canciones —baladas, rondeaux, virelais— pueden ser de una sencillez melódica que engaña: parecen simples hasta que uno intenta analizar la textura rítmica debajo de la melodía y descubre que las voces funcionan en planos de tiempo relacionados pero no idénticos, como ruedas de tamaños distintos que giran juntas. El efecto es una música que flota, que nunca parece del todo asentada en el tiempo, que tiene una ambigüedad rítmica que el siglo XX habría llamado «groove».
La Francia del siglo XIV era un mundo de guerra, plaga y desintegración. Machaut vivió todo eso y respondió con una obra de una elaboración y una refinada belleza casi escandalosas frente a la catástrofe. El arte como resistencia tiene muchas formas.
El contexto político era igualmente convulso. La Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra comenzó en 1337; la Peste Negra en 1348; el Gran Cisma de la Iglesia en 1378, un año después de la muerte de Machaut. La nobleza que Machaut sirvió —Juan de Bohemia, Carlos V, la familia real francesa— estaba en el centro de todas estas crisis. Que en ese contexto se produjera una música de tan alta sofisticación técnica y tan íntima sensibilidad emocional no es una paradoja: es quizás la explicación. Cuando el mundo exterior es caos, el arte puede volverse hacia adentro con una concentración que la estabilidad no permite.
Machaut dominó todos los géneros disponibles en su época —y los redefinió. Lo extraordinario es que su obra poética y su obra musical no pueden separarse sin perder ambas: él concebía el poema como material para la música y la música como extensión de la poesía, y supervisó manuscritos en los que ambas están entrelazadas con un cuidado editorial sin precedente en la Edad Media.
Juan de Bohemia era un monarca de una teatralidad caballeresca que roza lo inverosímil. En 1346, ciego desde hacía seis años, decidió participar en la batalla de Crécy. No como observador: en el combate. Ordenó a sus caballeros más cercanos que ataran las riendas de sus caballos a las del suyo para que pudieran guiarlo al centro del combate. El ejército inglés con sus arqueros de arco largo era ya una fuerza moderna que estaba destruyendo la caballería medieval. Juan cargó de todas formas. Lo encontraron muerto entre sus caballeros atados, todos juntos, como si nadie hubiera intentado escapar. Machaut no estuvo en el campo, pero era quien escribía las crónicas de Juan. Esa lealtad hasta el absurdo, esa elegancia trágica, vivió en su imaginación el resto de su vida. La música de Machaut tiene algo de eso: una dignidad que no se dobla.
En 1362, con alrededor de sesenta años y una fama considerable, Machaut comenzó a recibir cartas de Peronne d'Armentières, una joven de unos dieciocho años que decía amarlo por su poesía. Lo que siguió fue una relación documentada con una honestidad casi cruel: Machaut escribió sobre sus celos cuando Peronne tardaba en responder, sobre su inseguridad ante la diferencia de edad, sobre sus visitas y sus separaciones, sobre los rumores que circulaban y que lo mortificaban. La convirtió todo en un libro. Lo tituló Le Voir Dit —El Relato Verdadero— y lo diseminó entre sus patrones. Una relación amorosa de un anciano con una joven, documentada en tiempo real por el propio anciano y distribuida como si fuera literatura: no existe nada parecido en el siglo XIV, y muy poco parecido en cualquier siglo.
Machaut supervisó la compilación de sus manuscritos con un cuidado que no tiene precedente entre los artistas medievales. Los principales manuscritos de su obra —conservados hoy en la Bibliothèque nationale de France— están organizados por él mismo: primero los dits (poemas narrativos), luego los motetes, luego las ballades, los rondeaux, los virelais, los lais. Cada categoría en su lugar, en el orden que él decidió. Anotó, corrigió, supervisó la iluminación de algunos. Este comportamiento —pensar en la obra como un legado que hay que organizar y proteger— es profundamente moderno. Ningún compositor anterior lo había hecho. La noción de «obras completas» como objeto cultural que existe independientemente de su creador nace aquí, en los manuscritos que Machaut compiló en Reims durante sus últimos años.
Durante mucho tiempo se creyó que la Messe de Nostre Dame fue compuesta para la coronación de Carlos V en 1364, que tuvo lugar en Reims —donde Machaut era canónigo. La historia es perfecta: el compositor más importante de su tiempo, en su propia ciudad, escribiendo la primera misa polifónica completa para la coronación del rey al que servía. La musicología moderna ha cuestionado esta fecha y ha situado la misa varios años antes, probablemente compuesta para la liturgia de la catedral de Reims en memoria de su hermano Juan. No importa demasiado: la obra existe, y es de una grandeza que no necesita anécdota para justificarse. Pero la imagen de Machaut supervisando su interpretación en la catedral gótica de Reims mientras Carlos V era ungido rey de Francia resulta difícil de abandonar del todo.
Machaut no es solo el compositor más importante del siglo XIV. Es el punto donde el mundo musical medieval se convierte en algo que puede ser llamado —con cautela, pero con justicia— moderno. El compositor con nombre propio, la obra como legado, la forma musical como vehículo de expresión personal: estas ideas que hoy parecen evidentes empiezan con él.
La música de Machaut requiere un ajuste del oído. La tonalidad, el ritmo, la textura —todo funciona de acuerdo a reglas distintas de las que heredamos del siglo XVIII. Lo mejor es escuchar sin intentar analizar demasiado las primeras veces, y dejar que el extrañamiento haga su trabajo. Suena distinto, pero no suena lejano.