01 · Biografía
Del matadero
a las salas de concierto
Antonín Dvořák nació el 8 de septiembre de 1841 en Nelahozeves, un pueblo de Bohemia donde su padre era carnicero y posadero. Aprendió música del maestro de escuela local, tocó viola en la orquesta de la Iglesia y más tarde en la orquesta del teatro provisional de Praga, donde ganó lo suficiente para no morir de hambre pero no mucho más. Durante años compuso en la oscuridad, tocando como violista de día y escribiendo de noche, sin que nadie fuera del pequeño mundo musical checo supiera su nombre.
El cambio llegó gracias a un hombre que tenía el hábito de la generosidad: Johannes Brahms. En 1875, Dvořák solicitó una beca del Ministerio de Educación de Austria. El jurado incluía a Brahms. Lo que Brahms leyó en esos manuscritos lo entusiasmó lo suficiente para escribir de inmediato a su editor Fritz Simrock recomendándole que publicara al desconocido compositor checo. Simrock encargó las Danzas Eslavas. Cuando el Op. 46 se publicó en 1878, la reacción en toda Europa fue inmediata: aquí había algo nuevo, directo, con una energía y un color que el mundo musical no había escuchado de esta manera. Dvořák pasó de ser desconocido a ser famoso en el espacio de una temporada.
Londres lo adoró. Hizo nueve viajes a Inglaterra, donde sus oratorios y sinfonías se recibían con el entusiasmo que los ingleses reservan para los compositores que no les recuerdan a nadie que ya conocen. La Universidad de Cambridge le dio un doctorado honorario. Cuando el Conservatorio Nacional de Música de Nueva York lo invitó en 1892 a dirigir la institución, el sueldo era de quince mil dólares anuales —una suma que en la Praga de la época habría parecido una fantasía. Aceptó.
En Nueva York, Dvořák hizo algo que nadie esperaba de él: tomó en serio la música que lo rodeaba. Escuchó spirituals afroamericanos, escuchó lo que sobrevivía de las tradiciones nativas americanas, y llegó a una conclusión que publicó en un ensayo titulado «La música en América»: que esas tradiciones debían ser el fundamento de una música americana auténtica. Sus alumnos —especialmente el joven compositor afroamericano Harry T. Burleigh, que le cantó spirituals en privado— lo formaron tanto como él los formó a ellos.
Pero Dvořák era profundamente bohemio y la nostalgia lo consumía. Pasó el verano de 1893 en Spillville, Iowa, una colonia de inmigrantes checos donde podía hablar checo, comer comida checa y observar las palomas mensajeras que criaba como hobby de toda su vida. Regresó a Praga en 1895. Los últimos años los dedicó a los poemas sinfónicos y a las óperas checas que nunca encontraron el lugar que merecían fuera de su país. Murió el 1 de mayo de 1904, de un derrame cerebral, después de regresar de un paseo bajo la lluvia. Sus últimas palabras, según los testimonios, fueron: «Madre Tierra».
02 · Contexto Histórico
Bohemia, el Imperio
y el Nuevo Mundo
Dvořák vivió en la tensión entre dos mundos que raramente se hablaban con respeto mutuo: el Imperio Austro-Húngaro —que dominaba Bohemia políticamente y culturalmente— y la identidad checa que los compositores de su generación querían preservar y proyectar. Bedřich Smetana, mayor que él, había comenzado esa tarea con el ciclo sinfónico Má vlast (Mi Patria). Dvořák la continuó de manera diferente: no componiendo música de paisaje sino integrando el espíritu rítmico y melódico del folclore checo en las formas europeas más respetadas —la sinfonía, el cuarteto de cuerdas, el concierto.
Su relación con Brahms fue genuina en ambas direcciones. No era solo la de un protegido agradecido con su mecenas: Brahms estudió sus partituras con la seriedad que reservaba para pocos, y Dvořák dedicó el Cuarteto «Americano» a su amigo alemán. Cuando Brahms vio el Concierto para chelo —ya después de la muerte de Dvořák— dijo algo que se ha citado innumerables veces: «Si hubiera sabido que era posible escribir un concierto para chelo así, lo habría escrito hace mucho.»
Dvořák escribió en su ensayo «La música en América» que la música afroamericana y la música nativa debían ser los fundamentos de un estilo nacional americano. El consejo fue ignorado por los compositores académicos blancos y adoptado por los músicos de jazz y blues que no lo habían leído.
El período americano es uno de los más debatidos de su carrera. La pregunta —¿cuánto de la Sinfonía del Nuevo Mundo es «americana» y cuánto es «bohemia»?— no tiene respuesta definitiva y eso es precisamente lo que la hace interesante. Dvořák nunca citó melodías afroamericanas directamente; las absorbió y las transformó hasta que se volvieron parte de su propio lenguaje. El resultado es una síntesis que suena a ambas cosas y a ninguna por separado.
03 · La Obra
Nueve sinfonías
y un chelo inmortal
Sinfonía n.º 7 en re menor, op. 70 (1885)
La más sombría y la más brahmsiana. Comparable en intensidad con la Cuarta Sinfonía de Brahms, con la que comparte la tonalidad y un cierto peso trágico. Es la menos interpretada de las tres grandes sinfonías tardías, lo cual es injusto: es la más profunda de todas.
Sinfonía n.º 8 en sol mayor, op. 88 (1889)
Su sinfonía más espontánea y más gozosa: escrita en menos de tres meses, llena de temas folclóricos checos y de una ligereza que no es frivolidad sino confianza. El finale —variaciones sobre un tema de trompa— tiene la exuberancia de alguien que compone porque no puede evitarlo.
Sinfonía n.º 9 "Del Nuevo Mundo", op. 95 (1893)
La más interpretada del mundo después de las de Beethoven. El Largo —segundo movimiento, con la melodía del corno inglés— es la melodía más conocida del repertorio sinfónico checo y quizás de todo el siglo XIX. Escrita en Nueva York con la nostalgia de Bohemia y la fascinación por América al mismo tiempo.
Concierto para chelo en si menor, op. 104 (1895)
La obra maestra del catálogo y el concierto para chelo más grande jamás escrito. Tres movimientos de una riqueza temática extraordinaria. La coda del finale —donde aparece citada la canción favorita de Josefina Čermáková, la cuñada que amó antes de casarse— es una elegía personal disfrazada de música absoluta. Brahms lo estudió y lamentó no haberlo escrito él.
Concierto para violín en la menor, op. 53 (1880)
Menos conocido que el de chelo pero igualmente bello: Joachim, a quien Dvořák consultó sobre la escritura violinística, sugirió tantos cambios que el compositor los aceptó a medias y el resultado final es una mezcla de ambos. La melodía del Andante es de las más puras que escribió.
Cuarteto de cuerdas n.º 12 "Americano", op. 96 (1893)
Escrito en doce días en Spillville, Iowa. Temas pentatónicos, frescura folclórica, una accesibilidad que no sacrifica nada de la sofisticación estructural. Es el cuarteto de cuerdas más interpretado del catálogo romántico después de los de Beethoven y Brahms.
Quinteto para piano en la mayor, op. 81 (1887)
Su obra de cámara más hermosa: el movimiento lento —una dumka, forma de elegía ucraniana— tiene una melancolía que oscila entre el llanto y la danza, como si el dolor y la alegría no pudieran separarse. El movimiento más bello del catálogo camerístico.
Obras orquestales y vocales
Danzas Eslavas, op. 46 y op. 72 (1878 / 1886)
Las obras que lo hicieron famoso. Originalmente para piano a cuatro manos, en orquestación cobran una vida enorme. La n.º 1 del Op. 46 en do mayor es pura energía. La n.º 2 del Op. 72 en mi menor es algo más oscuro y más melancólico: la Bohemia que no baila sino que recuerda.
Rusalka, op. 114 (1901)
Su ópera maestra: la ondina que cambia su voz por piernas humanas para ser amada por un príncipe. El aria del Acto I —«Canción a la Luna»— es la melodía de soprano más amada de la ópera checa. Fuera de la República Checa se representa poco; no debería ser así.
Stabat Mater, op. 58 (1877)
Escrito después de la muerte de tres de sus hijos en el espacio de dieciséis meses. Es la obra más personal de su catálogo coral, y posiblemente la más dolorosa. El primer movimiento —«Stabat Mater dolorosa»— tiene una gravedad que el resto de su obra rara vez alcanza.
04 · Anécdotas
El hombre de las
palomas y los trenes
La carta de Brahms
En 1877, Brahms leyó las partituras que Dvořák había presentado para la beca del Ministerio de Educación de Austria y escribió a su editor Fritz Simrock una carta que cambió la carrera de un hombre: «Me alegra mucho la obra de Dvořák. Es un talento creativo genuino y vital y, al mismo tiempo, verdaderamente musical; en resumen, un hombre de primera clase.» Esta carta lanzó la carrera internacional de Dvořák de manera más efectiva que cualquier crítica de prensa. La generosidad de Brahms hacia compositores que admiraba —rarísima en un mundo musical de egos colosales— fue una de las cualidades que sus contemporáneos más reconocieron. Dvořák se lo agradeció dedicándole el Cuarteto Americano.
Las palomas en Nueva York
Cuando Dvořák llegó a Nueva York en 1892 para dirigir el Conservatorio, una de sus primeras preguntas fue dónde podía encontrar una comunidad checa y dónde comprar palomas mensajeras. Las dos cosas las encontró en el distrito de Yorkville y luego, más completamente, en Spillville, Iowa —una colonia de inmigrantes checos donde pasó el verano de 1893. Allí fue fotografiado genuinamente feliz, rodeado de checos y de aves. Compuso el Cuarteto Americano en doce días. Las palomas mensajeras que criaba toda su vida —su hobby más constante— le gustaban, según dijo en varias ocasiones, porque eran completamente fieles a su origen: siempre volvían a casa.
La Sinfonía del Nuevo Mundo y el espiritual inventado
La melodía del segundo movimiento de la Sinfonía Del Nuevo Mundo —el Largo con el corno inglés— fue tan popular que su alumno William Arms Fisher le puso letra y la publicó con el título «Goin' Home» como si fuera un espiritual tradicional afroamericano. El público americano creyó durante décadas que era una canción folklórica que Dvořák había citado en su sinfonía. En realidad era al revés: Dvořák compuso la melodía, y Fisher la convirtió en «tradición». La historia del folclore musical está llena de estas ironías: las melodías más «auténticas» a veces tienen autores conocidos que el tiempo ha borrado convenientemente.
El Concierto para chelo y Josefina
Antes de casarse con Anna Čermáková, Dvořák había estado enamorado de su hermana mayor Josefina. Josefina se casó con otro hombre; Dvořák se casó con Anna. La relación entre los cuatro fue, aparentemente, de una cordialidad que ocultaba lo que no podía decirse. Cuando Dvořák estaba en América terminando el Concierto para chelo, recibió noticias de que Josefina estaba gravemente enferma. Introdujo en la coda del último movimiento una cita de «Lasst mich allein» —«Déjame sola»—, la canción favorita de Josefina. Ella murió antes de que la obra se estrenara. El finale termina con esa cita: una elegía personal codificada en música absoluta, que nadie que no supiera la historia habría podido descifrar.
Brahms y el concierto para chelo
Brahms había argumentado explícitamente, en varias ocasiones, que el chelo no era un instrumento apto para el concierto: su registro grave lo hacía difícil de escuchar sobre la orquesta, y la naturaleza de su sonido —demasiado oscura, demasiado íntima— no servía para el tipo de proyección que un solista de concierto necesita. Cuando vio la partitura del Concierto para chelo de Dvořák —según la anécdota, fue después de la muerte del compositor— supuestamente dijo: «Si hubiera sabido que era posible escribir un concierto para chelo así, lo habría escrito hace mucho.» Es posible que la anécdota sea apócrifa. Pero Brahms nunca escribió el concierto para chelo que el instrumento esperaba, y Dvořák sí.
05 · Sus Aportes a la Música
Lo que Dvořák
le dejó al mundo
01
La música checa en el repertorio internacional. Antes de Dvořák, la música bohemia era una curiosidad regional. Después de las Danzas Eslavas y la Sinfonía del Nuevo Mundo, el mundo supo que existía una tradición compositiva checa que merecía escucharse. Smetana había iniciado el camino; Dvořák lo abrió a la circulación internacional.
02
El concierto para chelo como forma mayor. Su Concierto en si menor Op. 104 es el modelo que todos los compositores posteriores han tenido que enfrentar al escribir para ese instrumento. Elgar, Shostakovich, Walton, Lutosławski: todos escriben su concierto para chelo en el contexto de la pregunta implícita de si están a la altura del de Dvořák.
03
El consejo americano. Su ensayo «La música en América» sostenía que los fundamentos de un estilo musical americano debían buscarse en la música afroamericana y en las tradiciones nativas. Los compositores académicos blancos lo ignoraron. Pero el jazz, el blues y el gospel —que él no pudo prever en su forma desarrollada— demostraron que tenía razón. La ironía es que fue un checo quien vio lo que los americanos no podían ver sobre sí mismos.
04
La Serenata para cuerdas y la Serenata para vientos como modelos de música orquestal a escala humana. En un período en que la sinfonía se estaba expandiendo hacia Mahler y Bruckner, Dvořák demostró que la música de escala íntima podía ser igualmente sofisticada y más inmediatamente accesible.
05
El aria «Canción a la Luna» de Rusalka como uno de los momentos más amados de la ópera tardorromántica. Influyó en compositores de ópera del siglo XX que buscaban la síntesis entre el drama musical wagneriano y la melodía vocal italiana: la línea que va de Puccini a Janáček pasa también por Dvořák.
Para situarlo: Era contemporáneo de Brahms (tres años mayor) y de Tchaikovsky (un año mayor). Los tres murieron en la misma década: Brahms en 1897, Tchaikovsky en 1893, Dvořák en 1904. Juntos representan la culminación del sinfonismo romántico antes de que Mahler lo llevara hacia otra dimensión. De los tres, Dvořák es el más terrenal, el más directamente gozoso, el que más parece disfrutar de la música que está haciendo.
06 · Qué Escuchar
Por dónde
empezar
Dvořák es accesible sin ser superficial, nacional sin ser provinciano, romántico sin ser sentimental. Una de las entradas más placenteras al repertorio clásico tardío.
01
Concierto para chelo en si menor, op. 104
La obra completa: los tres movimientos, la coda del finale con la cita para Josefina. Es el concierto para chelo más grande de la historia y una de las obras más emocionalmente honestas del catálogo romántico. Escúchalo de principio a fin sin interrupciones la primera vez.
op. 104 · 1895 · aprox. 40 min
02
Sinfonía n.º 9 "Del Nuevo Mundo" — Largo
El segundo movimiento con la melodía del corno inglés es una de las melodías más conocidas del siglo XIX. Pero escucha también el finale: la energía rítmica choca con los temas del primer movimiento que regresan transformados. La sinfonía es mucho más que el Largo.
op. 95 · 1893 · aprox. 42 min
03
Cuarteto de cuerdas n.º 12 "Americano", op. 96
El más accesible de sus cuartetos: temas pentatónicos que suenan a folclore sin citar folclore directo, un primer movimiento de una energía que no cede, un Lento tranquillo de belleza melódica pura. Doce días de composición en Spillville, Iowa, en el verano de 1893.
op. 96 · 1893 · aprox. 25 min
04
Quinteto para piano en la mayor, op. 81 — Dumka
El movimiento lento —la dumka, forma de elegía eslava que alterna entre la melancolía lenta y la danza rápida— es la página de cámara más hermosa que escribió. La melancolía no es desesperación; es la tristeza de alguien que sabe que la vida es corta y por eso baila.
op. 81 · 1887 · aprox. 38 min total
05
Danzas Eslavas, op. 46 n.º 1 y op. 72 n.º 2
La n.º 1 del Op. 46 en do mayor es pura exuberancia: el ritmo de la furiant checa en su forma más directa y alegre. La n.º 2 del Op. 72 en mi menor es algo completamente diferente: oscura, nostálgica, casi dolorosa. Las dos juntas muestran el rango emocional de lo que parecía ser «simplemente» música de danza.
op. 46 y 72 · 1878 / 1886
06
Rusalka — "Canción a la Luna"
La ondina le pide a la luna que le diga al príncipe que lo ama. Ocho minutos de soprano y orquesta que son el equivalente checo de la «Casta diva» de Bellini: el aria de ópera que toda soprano quiere cantar y que todos los oyentes recuerdan desde la primera escucha.
op. 114 · 1901 · la ópera checa fundamental
07
Serenata para cuerdas en mi mayor, op. 22
Cálida, fluida, completamente encantadora. Cinco movimientos para cuerdas que suenan como si la música se compusiera sola, sin esfuerzo, como una conversación entre amigos. El Larghetto tiene una sencillez que solo puede lograrse con una técnica perfecta oculta bajo la superficie.
op. 22 · 1875 · aprox. 27 min
08
Sinfonía n.º 7 en re menor, op. 70
La más oscura y la más brahmsiana: comparable en densidad emocional con la Cuarta de Brahms, con quien comparte tonalidad y temple. Es la menos interpretada de las tres grandes sinfonías tardías, lo cual es una injusticia: es la más profunda y la que más recompensa la escucha repetida.
op. 70 · 1885 · aprox. 37 min
09
Stabat Mater, op. 58
Escrito en el dolor de haber perdido tres hijos. El primer movimiento —el más largo y el más severo— tiene una gravedad que pocas obras corales del siglo XIX igualan. Es Dvořák sin el folclore, sin la danza, sin la exuberancia: solo el duelo y la fe que intenta sostenerlo.
op. 58 · 1877 · aprox. 80 min