"El maestro de la emoción directa"
Es el compositor clásico más interpretado del mundo, y también uno de los más incomprendidos. La acusación fácil es que su música es «meramente emocional». Como si la emoción fuera algo menor. Como si llegar a cada oyente desde la primera escucha no fuera la cosa más difícil de la música.
Pyotr Ilyich Tchaikovsky nació en Votkinsk, Rusia, el 7 de mayo de 1840, hijo de un inspector de minas. Desde pequeño fue extraordinariamente sensible —la palabra que aparece en casi todos los testimonios de quienes lo conocieron de niño es nervioso: lloraba cuando su maestra de piano se iba de la casa al final de una lección, como si la música que ella traía se fuera con ella y él no pudiera soportar la ausencia. Esa hipersensibilidad, que sus padres consideraban preocupante, terminó siendo exactamente la cualidad que definió su música.
La familia lo envió a la escuela de leyes en San Petersburgo, donde estudió con competencia sin entusiasmo. Trabajó como funcionario civil durante cuatro años. Tenía veintidós cuando se inscribió en el recién fundado Conservatorio de San Petersburgo en 1862, tarde para los estándares del siglo XIX pero en el momento exacto de la historia rusa: la institución necesitaba personas que pudieran conectar la música europea con el mundo ruso. Se graduó y pasó a enseñar en el nuevo Conservatorio de Moscú en 1866, donde produciría la mayor parte de su obra durante los siguientes quince años.
La catástrofe personal llegó en 1877. Antonina Miliukova, una estudiante que le había escrito una carta de amor, le propuso matrimonio. Tchaikovsky, que era homosexual y vivía esa realidad con una angustia que nunca lo abandonó del todo, aceptó la propuesta —en parte por lástima, en parte porque la presión social y el miedo al escándalo lo empujaron. El matrimonio fue un desastre desde la primera semana. En el punto más desesperado, caminó hasta el río Moscú con la intención de contraer una neumonía que lo matara. Su hermano Modest lo rescató. La unión terminó, pero nunca hubo divorcio formal: Antonina vivió hasta 1917 y en sus últimos años fue internada en un hospital psiquiátrico.
La salvación llegó de una dirección inesperada: Nadezhda von Meck, una viuda acaudalada con pasión por la música, comenzó a corresponder con él ese mismo año. La relación que construyeron durante trece años fue una de las más extrañas y más fructíferas de la historia musical: ella lo financió con una pensión anual generosa, y acordaron, por mutuo consentimiento, nunca encontrarse. Intercambiaron miles de cartas. Una vez estuvieron a punto de cruzarse durante un paseo en carruaje; ambos miraron hacia otro lado. En 1890, sin advertencia ni explicación satisfactoria, Von Meck terminó la correspondencia. Tchaikovsky quedó destrozado —no tanto por el dinero, que ya no necesitaba, sino por la pérdida de ese vínculo único. Ella murió tres meses después que él.
Los últimos años de su vida fueron de una productividad extraordinaria: las tres últimas sinfonías, los ballets definitivos, óperas, el Concierto para violín. Dirigió su Sinfonía Patética en San Petersburgo el 28 de octubre de 1893. Nueve días después estaba muerto. La versión oficial habla de cólera contraído por beber agua sin hervir. Una teoría persistente sostiene que fue envenenado —o que se envenenó a sí mismo— para evitar un escándalo por una relación homosexual con el sobrino de un noble. Nadie lo sabe con certeza, y quizás esa es la última de sus ironías: la Patética, cuyo último movimiento es un Adagio lamentoso que suena exactamente como una despedida, estrenada nueve días antes de su muerte.
En la Rusia del siglo XIX había dos proyectos musicales en tensión. Por un lado estaba el Grupo de los Cinco —también llamado el «Poderoso Puñado» o Moguchaya Kuchka—: Mussorgsky, Balakirev, Rimsky-Korsakov, Borodin y Cui, cinco compositores que creían que la música rusa debía fundarse en el folclore nacional, en los modos eclesiásticos, en la lengua rusa, y que la influencia europea era una traición cultural. Por el otro estaba la tradición del Conservatorio, de corte europeo, que Tchaikovsky representaba: había estudiado a Schumann y Brahms con la misma seriedad que a los clásicos rusos, y no veía contradicción entre ser profundamente ruso y tener una técnica europea.
El Grupo de los Cinco desconfiaba de él, lo consideraba demasiado «alemán». Tchaikovsky, por su parte, pensaba que Mussorgsky era un genio sin disciplina y Balakirev un tirano. Pero la historia fue generosa con todos: la música rusa del siglo XIX es, en conjunto, una de las tradiciones más ricas del período, y tanto el Lago de los Cisnes como Boris Godunov son obras maestras que coexisten sin problema.
La Obertura 1812 fue escrita para la consagración de una catedral. Tchaikovsky escribió a Von Meck: «Será muy ruidosa y ruidosa, pero la escribí sin calor ni amor, y por tanto probablemente no tendrá ningún mérito artístico.» Es una de las piezas más interpretadas del mundo.
Sus ballets definen lo que el mundo entero entiende por ballet clásico. Antes de Tchaikovsky, la música de ballet era música funcional: cumplía con el trabajo de acompañar la danza sin pretender más. El Lago de los Cisnes, La Bella Durmiente y El Cascanueces demostraron que el ballet podía tener una música tan sofisticada, tan expresiva, tan temáticamente desarrollada como cualquier sinfonía. El ballet posterior es completamente diferente por esa razón.
Antonina Miliukova le escribió una carta de amor en el verano de 1877. Tchaikovsky, que estaba leyendo el Eugene Onegin de Pushkin para convertirlo en ópera —la historia del hombre que rechaza a la mujer que lo ama y se arrepiente demasiado tarde— no pudo ignorar la ironía. Casarse con ella fue, en parte, un intento de no convertirse en Onegin. El resultado fue peor. Dentro de semanas del matrimonio, se metió de noche hasta la cintura en el río Moscú, con la esperanza de contraer una neumonía que lo liberara. El agua estaba fría. El plan no funcionó. Su hermano Modest lo llevó a un médico en San Petersburgo que lo convenció de que el matrimonio era un error sin remedio. Tchaikovsky nunca volvió a ver a Antonina.
Ella era viuda, acaudalada, con once hijos y una pasión genuina por la música. Él era un compositor en apuros económicos después del desastre matrimonial. El acuerdo que establecieron era simple y extraordinario: ella le pagaría una pensión anual a cambio de que él le dedicara sus obras y le escribiera cartas. Con la condición de que nunca se encontraran. Durante trece años intercambiaron miles de páginas —sobre música, sobre la vida, sobre el dolor, sobre Rusia, sobre Dios. Una vez, paseando en carruajes en la misma strada, los conductores estuvieron a punto de cruzarse. Ambos miraron en dirección opuesta. En 1890, sin más explicación que «motivos de salud y ruina financiera» —ninguna de las cuales era verdad—, ella cortó la correspondencia. Él nunca lo entendió. Murió sin saber por qué.
El crítico vienés Eduard Hanslick escribió en 1881 que el final del Concierto para violín op. 35 traía «al oído la idea de que la música puede apestar». Dijo que la música del tercer movimiento sugería «la brutalidad de una fiesta de bebida rusa». El Concierto para violín es hoy una de las obras más interpretadas del repertorio de cuerdas, y el nombre de Hanslick aparece principalmente en este contexto: el hombre que no entendió el Concierto para violín de Tchaikovsky. La historia tiene una justicia que no siempre tiene el periodismo musical.
Tchaikovsky dirigió el estreno de su Sinfonía n.º 6 «Patética» en San Petersburgo el 28 de octubre de 1893. La recepción fue tibia —la audiencia no sabía cómo responder a una sinfonía que termina muriendo en pianísimo en lugar de con un triunfo. Nueve días después, el 6 de noviembre, Tchaikovsky estaba muerto. El último movimiento —el Adagio lamentoso— fue retrospectivamente leído como una despedida deliberada. Si lo era, nunca lo sabremos. Pero la sinfonía termina exactamente como terminó su vida: sin resolución, sin triunfo, con el sonido extinguiéndose en la oscuridad.
La Obertura 1812 fue encargada para la celebración del aniversario de la expulsión de las tropas de Napoleón. Tchaikovsky la escribió en menos de dos semanas y le escribió a Von Meck con una franqueza que rara vez se permite un compositor sobre su propia obra: «Será muy ruidosa y ruidosa, pero la escribí sin calor ni amor, y por tanto probablemente no tendrá ningún mérito artístico.» La pieza se interpreta hoy con cañones reales en varios países, es el centro de celebraciones del 4 de julio en los Estados Unidos, y es probablemente la obra orquestal más conocida de su catálogo. La honestidad de su autor no la frenó.
Tchaikovsky es el punto de entrada más fácil al repertorio clásico —y también uno de los más profundos una vez que se va más allá de los temas más familiares. Esta lista va de lo más conocido hacia lo que sorprende.